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Estructuras de Clase y Cambio Social: Un dialogo sobre los ricos y la independencia

Por Ricardo R. Fuentes-Ramírez*/Especial para CLARIDAD

 

El compañero Hiram Lozada Pérez recientemente publicó una nota en [Claridad] titulada “Los ricos y la independencia,” que pone sobre la mesa el importantísimoasunto de las clases sociales y las tácticas de lucha dentro de la colonia. Lozada hace un llamado a “renunciar a lasconsignas de lucha de clases,” recalca que debemos tomar “cada cosa en su tiempo,” y así “utilizar, con visióntáctica, todo el imaginario liberal del consenso social.” Incluso, fue el propio Marx quien primero enfatizó laimportancia de aspirar a “cada cosa en su tiempo.” Para Marx, por ejemplo, la tarea de los irlandeses era unarevolución nacionalista, para adquirir su independencia de los ingleses, y lograr pleno desarrollo capitalista. Sololuego de esto se podía hablar de condiciones para luchar por el socialismo, en un futuro. Stalin continuópromoviendo esta visión de “cada cosa en su tiempo,” argumentando que la tarea de los comunistas en los paísesdominados por el imperialismo era aliarse, e incluso en ocasiones subordinarse, a las luchas anti-imperialistas bajoel liderato de los ricos.

 

La estrategia estalinista se promovió tanto en naciones que aun eran colonias, como en países en vías de desarrollo que ya habían adquirido su independencia, y por tanto eran neocolonias. Es en las neocolonias del mundo donde en la práctica se toparon con que en la fase actual del sistema mundial, la lucha anti-imperialista es ferozmente obstaculizada por los ricos de los países dominados. Como el propio Lozada reconoce, los ricos logran beneficiarse del arreglo colonial. Les resulta más táctico aliarse con el imperio, quearriesgarse con la posible volatilidad de un proceso emancipador. Precisamente por esto, José Carlos Mariátegui concluyó en 1927 que en Latinoamérica, “no es posible ser efectivamente nacionalista y revolucionario sin sersocialista.”1

 

Algunos argumentarán que la visión de Mariátegui, que luego fue la del Che, solo aplica a naciones que ya han obtenido su independencia. Por esto, vale la pena discutir la visión del teórico y revolucionario Amílcar Cabral, y su experiencia en la lucha por la independencia de Guinea-Bisáu y Cabo Verde. Cabral concluyó que en las colonias, cuando el poder político-administrativo está en manos del invasor, es posible lograr un grado de “consenso social,” como le llama Lozada, para organizar un frente amplio para la descolonización. Sin embargo,tan pronto se obtiene la independencia, y el poder político-administrativo se vuelca sobre manos locales, la luchade clases al interior de la nación se manifiesta, y cualquier tipo de proyecto que intente aglutinar los ricos y lostrabajadores estará destinado al fracaso. Precisamente esto ocurrió en Guinea-Bisáu y Cabo Verde, y suindependencia ha sido, como la de la mayoría de los países en vías de desarrollo, una farsa, reproduciendo losmismos problemas de la colonia en la neocolonia. Puerto Rico produce un caso particular, en donde aun siendocolonia, el poder político-administrativo ya está en manos locales. Por esta razón, la lucha de clases ya semanifiesta a nivel del estado colonial, y no solo resulta sumamente poco táctico enterrar nuestras consignas declase, sino que resulta ilusorio pensar que un proceso de liberación genuina pueda ser llevado a cabo en alianza detú a tú con los ricos. ¿Acaso la ola neoliberal que nos arropa, y el hecho de que sistemáticamente se pone sobre los hombros del pueblo trabajador la carga de la crisis, no basta como evidencia de que la lucha de clases es uno delos ejes de nuestros problemas contemporáneos?

 

No se trata, como intenta caricaturizar Lozada, de obtener laindependencia y la revolución social a la vez con un ejército. En Puerto Rico, hacen falta por ocurrir un sinnúmerode procesos antes de poder construir una economía plenamente socialista. Sin duda alguna, necesitamos primerola liberación nacional, la creación de una economía genuinamente nuestra, y su protección de la competenciadestructiva de los países capitalistas avanzados. Similarmente, hace falta integrar a nuestra economía la granporción de nuestra población que ha sido marginada de la misma, y asegurarle a todos los puertorriqueños ypuertorriqueñas una educación pública, accesible, y de calidad a todos los niveles. Estas tareas no sonnecesariamente socialistas, y no se trata de saltar etapas. Sin embargo, debemos reconocer, como reconocieronanteriormente Mariátegui y el Che, que estas tareas no serán completadas a profundidad bajo una alianza con obajo el liderato de los ricos. Junto a estos, siempre se lograrán victorias limitadas, tímidas, transitorias, o fáciles derevertir.

 

No se está planteando que no podemos hacer algunas alianzas con algunos ricos. Se está planteando que debemos reconocer que las relaciones sociales actuales provocan en nuestra lumpenburguesía local un carácter conservador y reaccionario. De éstos participar en un proceso de liberación nacional, debería ser subordinados al liderato del pueblo trabajador, en lugar de como socios iguales o bajo su liderato. Sería tragicómico que PuertoRico no sea capaz de internalizar las lecciones de los países que ya han logrado su independencia. Principalmente, debemos internalizar que las independencias obtenidas bajo el liderato de los ricos, no solo reproducen todos los problemas de la colonia en la neocolonia, sino que los empodera aun más, provocando un profundo retraso del cambio social. Si no queremos que nuestra independencia sea una farsa, no debemos enterrar el análisis ni las consignas de clases. Por el contrario, el análisis de clases nos permite asegurarnos que nuestra independencia sea genuina, y no meramente una transición del colonialismo al neocolonialismo. Sin duda alguna, como ya se ha dicho, obtener la independencia y una plena economía socialista madura simultáneamente es una propuestaabsurda. Antes de remplazar nuestra economía en su totalidad por una economía socialista, necesitamos unprofundo y largo proceso de reconstrucción, o mejor dicho construcción nacional. Sin embargo, solo el pueblotrabajador puede dirigir este proceso si deseamos que sea exitoso.

 

Nota

 

1. José Carlos Mariátegui- Prólogo a Tempestad en los Andes (1927)

 

* El autor es estudiante doctoral de economía en UMASS-Amherst.

© Claridad 2004-2009 | http://www.claridadpuertorico.com | Generado: may 06, 2014

 

 

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Tacticas y estrategias para la transicion al socialismo del Siglo 21

El artículo Marxist Perspectives on 21st-Century Transition to Socialism (Forthcoming) resume y analiza críticamente las tres posturas principales discutidas en la izquierda como estrategias hacia el socialismo: 1) la visión socialista revolucionaria de tomar el Estado y transformar de manera abrupta y de raiz la sociedad, 2) la visión socialdemócrata de lograr un acuerdo con el Capital, aspirando a eventualmente, y paulatinamente, transformarlo, y 3) la visión anarquista (o marxista autonomista) de ignorar el Estado, y crear espacios alternativos (como cooperativas, huertos comunitarios, etc.) que poco a poco remplacen el Capital.

El artículo concluye que ninguna visión en sí sola será exitosa, y nuestra tarea es buscar como combinar estas visiones dependiendo de distintas circumstancias. Según el mismo, uno de los errores más graves que podría cometer la izquierda es pensar que la visión anarquista (o marxista autonomista) de ignorar el Estado, y crear espacios alternativos que poco a poco remplacen el Capital en sí sola podría funcionar. Se tiene que tener en agenda la toma del poder estatal. Sin embargo, igual de grave sería asumir que el Capital se puede humanizar y regular indefinidamente, como plantean muchos dentro de la visión socialdemócrata. La toma del Estado debe ser con el propósito de crear condiciones para romper con el Capital, no para regularlo.

 

A continuación un video con un debate interesante entre Enrique Dussel y John Holloway, quien es uno de los ideólogos principales de la visión anarquista/marxista autonomista.

 

Tendencias electorales en Puerto Rico 2000-2012: Posibles estrategias para la izquierda

(Versión actualizada tras los resultados de Nov 2012)

El descontento generalizado hacia Fortuño fue tan significante, que fue capaz de alterar la sumamente fuerte tendencia de continuo crecimiento del PNP durante la última década. Esto trae a la luz una profunda contradicción. El partido que quiera permanecer en el poder debe intentar mantener una política populista, lejos del neoliberalismo o de las políticas de austeridad. Pero por otro lado, la crisis fiscal y económica de la colonia está en su punto más profundo, seriamente obstaculizando el potencial de los partidos dominantes de practicar una política populista. Se cuaja una crisis que podría abrir muchas oportunidades tácticas para la izquierda. Esto se suma al hecho que la participación electoral se continuó reduciendo. Del 2000 al 2012 el número de votantes se redujo en cerca de un 7%. Por otro lado, se confirmó nuevamente la existencia de una masa de cerca de 100,000 electores que están dispuestos a votar por partidos no-dominantes. De canalizar los electores desalentados y unificar estos votos, en el mediano/largo plazo podría ser viable un tercer partido de izquierda con mayor peso en la política del país. Para lograrlo, y profundizar su potencial de cambio, se deben abandonar los intentos de alianza con el PPD, y se debe concretizar un discurso de transición a la única genuina independencia: el socialismo del siglo 21.

votos integros 2000 2012 

La población en edad de votar ha aumentado de 2,716,509 a 2,830,195 entre el 2000 y el 2011. Sin embargo, desde las elecciones del 2000, el número de votantes se ha reducido en un promedio de 6.6%.

Para las elecciones del 2008, los votos por candidatos PNP a la gobernación habían aumentado en un 5.07% y los votos íntegros PNP en un 4.53%. En otras palabras, los electores que habían decido salir de las filas electorales provenían del PPD y el PIP. Los votos a gobernación del PPD y sus votos íntegros ambos se habían reducido en un 9.6%. En el caso del PIP, los votos a gobernación se habían reducido en un 38.04% y los votos íntegros en un 34.18%.

Según nuestros cálculos, dada la tendencia de reducción en la participación electoral, en el 2012 votarían cerca de 1,879,540 personas. Efectivamente, votaron un total 1,878,969. Según la tendencia 2000-2008 en los votos por candidatos a la gobernación del PNP, hubieran contado con cerca de 1,066,300 votos en el 2012, asegurándoles una cómoda victoria. Usando solo la tendencia de votos íntegros PNP, hubieran contado con 1,017,674. En este caso, el PNP hubiera ganado con un 54% de los votos. Suponiendo que los electores populares que se habían salido de las filas electorales regresaran para votar por AGP, usando el 2000 como base, el PNP comoquiera hubiera ganado con un 50.6% de los votos.

Es decir, el descontento generalizado hacia Fortuño fue tan significante, que fue capaz de alterar la sumamente fuerte tendencia de continuo crecimiento del PNP durante la última década. Esto trae a la luz una profunda contradicción. El partido que quiera permanecer en el poder debe intentar mantener una política populista, lejos del neoliberalismo o de las políticas de austeridad. Pero por otro lado, la crisis fiscal y económica de la colonia está en su punto más profundo, seriamente obstaculizando el potencial de los partidos dominantes de practicar una política populista. Se cuaja una crisis que podría abrir muchas oportunidades tácticas para la izquierda.

Tácticas y estrategias en la izquierda

En el caso de los votos por candidatos a gobernación de partidos no-dominantes, se redujeron de cerca de 114,000 a cerca de 67,000 en el 2004; y luego volvieron a aumentar a 115,000 en el 2008. En el 2012 se redujeron nuevamente a cerca de 96,000 y además por primera vez se dividieron entre 4 partidos. En el 2000, el PIP obtuvo el 92% de estos votos mientras que en el 2012 obtuvo el 49%, el PPT el 19%, y el restante se distribuyó entre el MUS, PPR y nominaciones directas.

distribucion de votos por partidos no dominantes

El PIP logró mejorar levemente relativo al 2008, pero desde el 2000 han perdido cerca de 50,000 votos íntegros (una reducción de 55.8%). En otras palabras, la base electoral del PIP se ha literalmente cortado por más de la mitad desde finales del Siglo XX. Paralelamente, como vimos, el PIP actualmente obtiene aproximadamente la mitad de los votos para partidos no-dominantes. Por tanto, se puede decir que el PIP ha perdido la capacidad de unificar bajo su proyecto esos cerca de 100,000 votos que están dispuestos a romper con la dinámica del “menos malo,” contrastándose con las elecciones del 2000 donde el asunto de Vieques los ayudó a lograr dicho objetivo. Por tanto, la consigna de corto/mediano plazo del PIP debería ser “unificar los 100,000.”

Evidentemente el PIP se encuentra en una crisis política en donde su actitud de “no los queremos, no los necesitamos” respecto a otros independentistas, ha sido fundamental en obstaculizar crecimiento significativo en el partido. No obstante, la insistencia de gran parte del independentismo en buscar alianzas con el PPD agrava las posibilidades de “unificar los 100,000.”

El programa del PIP es sumamente abarcador y progresista, pero sus campañas giran alrededor del eje del orgullo patrio, una retórica que ya pasó a la historia como instrumento de agitación en nuestro país. ¿Acaso la retórica de puertorriqueñidad no es uno de los instrumentos de mercadeo del Banco Popular? El PIP debe enfatizar aun más en su campaña las preocupaciones del pueblo trabajador. El PIP ya hace eso, muchos dirán. Pero, el asunto es que lo debe hacer aun más. El PIP en un momento funcionó como un frente de izquierda, en donde cabían socialdemócratas junto a socialistas. Su táctica de abandonar el socialismo junto a su consigna de “arriba los de abajo,” no atrajo votos del centro, pero sí enajeno votos de izquierda. El PIP debe buscar “unificar los 100,000” moviéndose a la izquierda, no al centro.  Es más táctico para el PIP, aunque les parezca contradictorio, sin titubeo alguno hablar del socialismo del siglo XXI.

De la mano a esto, el independentismo debe abandonar toda estrategia de alianza con el PPD. Solo tiene dos posibilidades de fracaso, un fracaso rotundo que provocó un desperdicio de tiempo y recursos, o un fracaso rotundo sumado a total cooptación del movimiento, obstaculizando aun más futuras posibilidades.

Las organizaciones principales del ala nacionalista del independentismo (PIP,MINH), deben reconocer que en la abrumadora mayoría del mundo, incluso regiones aun colonizadas como el país vasco, la retórica nacionalista se fusionó al discurso socialista. Del independentismo lograr crecer, será necesario profundizar el trabajo con el movimiento socialista puertorriqueño, y enterrar la retórica vacía del patriotismo.

Transformación social y alternativa socialista

El siguiente escrito es un fragmento del articulo “Los Puntos de la Brújula: Hacia una alternativa socialista” de Erik Olin Wright (http://www.ssc.wisc.edu/~wright/PuntosBrujula–NLR41.pdf)

La cuestión central de una teoría de la transformación es ésta: dados los obstáculos y oportunidades para la transformación emancipadora generados por el proceso de reproducción social, las discontinuidades en ese proceso y la incierta trayectoria futura del cambio social, ¿qué tipo de estrategias colectivas nos ayudarán a avanzar en la dirección de la emancipación social? Las luchas por ideales democráticos, igualitarios y emancipadores se han arracimado históricamente en torno a tres formas básicas de transformación a través de las cuales se podrían construir nuevas instituciones de poder social: rupturista, intersticial y simbiótica.

Las transformaciones rupturistas pretenden crear nuevas instituciones de poder social mediante una brusca ruptura con las formas y estructuras sociales existentes. La idea central es que la confrontación directa y la lucha política crearán una disyunción radical en la que las instituciones existentes serán destruidas y se construirán otras nuevas en un corto espacio de tiempo. Se plantea así un escenario revolucionario para la transición al socialismo: una victoria decisiva y general de las fuerzas populares que da lugar a la rápida transformación de las estructuras económicas subyacentes. Sin embargo, las transformaciones rupturistas no se limitan a las revoluciones. Pueden afectar a ciertos conglomerados de instituciones y no a los fundamentos del sistema social; también pueden ser parciales y no totales. La idea unificadora es una brusca discontinuidad y un cambio rápido, en lugar de una lenta metamorfosis durante un largo periodo de tiempo.

Las transformaciones intersticiales tratan de construir nuevas formas de poder social en los nichos, espacios y márgenes de la sociedad capitalista, a menudo allí donde no parecen plantear una amenaza inmediata para las clases y elites dominantes. Ésta es la estrategia más profundamente inmersa en la sociedad civil y a menudo es invisible al radar de los críticos radicales del capitalismo. Aunque las estrategias intersticiales están en el centro de algunos planteamientos anarquistas del cambio social y desempeñan un gran papel práctico en los esfuerzos de muchos activistas comunales, los socialistas revolucionarios han despreciado a menudo tales esfuerzos, considerándolos meramente paliativos o simbólicos, sin que ofrezcan muchas perspectivas de un desafío serio al statu quo. Sin embargo, acumulativamente, tales transformaciones pueden suponer no sólo una diferencia real en la vida de la gente, sino, al menos potencialmente, un componente clave de la ampliación del ámbito transformador del poder social en el conjunto de la sociedad.

Las transformaciones simbióticas suponen estrategias en las que la extensión y profundización de las formas institucionales de poder social popular también resuelve ciertos problemas prácticos a los que se enfrentan las clases y elites dominantes. La democratización del Estado capitalista, por ejemplo, fue el resultado de presiones concertadas y luchas desde abajo que en un primer momento se consideraron una seria amenaza a la estabilidad del dominio capitalista. El incremento de poder social fue real, no ilusorio, pero también ayudó a resolver problemas que perturbaban los intereses de los capitalistas y otras elites, contribuyendo a la estabilidad del capitalismo. Las transformaciones simbióticas tienen así un carácter contradictorio, beneficiándose a menudo de una tensión entre los efectos a corto y a largo plazo del cambio institucional: a corto plazo, las formas simbióticas de poder social corresponden a los intereses de las clases y elites dominantes; a largo plazo pueden desplazar el equilibrio de poder hacia un poder social más amplio.

Estos tres tipos de transformaciones sugieren posturas y actitudes muy diferentes hacia la política de transformación. La transformación rupturista, al menos en sus formas más radicales («destruir el Estado»), supone que las instituciones centrales de reproducción social no se pueden utilizar eficazmente con propósitos emancipadores; deben ser destruidas y sustituidas por algo cualitativamente nuevo y diferente. La transformación intersticial («ignorar al Estado») pretende ir construyendo poco a poco un mundo alternativo dentro del viejo. Quizá haya momentos en que se puedan aprovechar para ese fin las instituciones establecidas, pero las transformaciones intersticiales suelen dejar de lado los centros principales de poder. La transformación simbiótica («usar el Estado») busca formas de insertar los cambios emancipadores en las instituciones decisivas de reproducción social, especialmente el Estado, con la esperanza de forjar nuevas formas híbridas que no quepa echar atrás, avanzando en la dirección de un ámbito ampliado para el poder social emancipador.

Todas esas estrategias presentan problemas. Ninguna de ellas garantiza el éxito. Todas ellas albergan riesgos y dilemas. En diferentes momentos y lugares, una u otra puede ser la más eficaz, pero normalmente ninguna de ellas basta por sí misma. A menudo sucede que los activistas se comprometen profundamente en una u otra de estas visiones estratégicas, que les parece universalmente válida, y malgastan demasiadas energías en el rechazo de los demás modelos. Un proyecto a largo plazo con perspectivas de éxito debería afrontar el complicado problema de combinar esas estrategias, incluso si la combinación significa inevitablemente que las luchas a menudo se crucen.

En este inicio del siglo XXI resulta fácil el pesimismo sobre las perspectivas futuras de un socialismo de poder social; pero es importante recordar que en todo el mundo se están ensayando muchas de esas propuestas. Existen experimentos, se están construyendo continuamente nuevas instituciones (y también, desgraciadamente, destruyendo) en los intersticios de las sociedades capitalistas, y de vez en cuando se producen victorias políticas en las que el Estado puede colaborar en el proceso de innovación social. Constantemente surgen nuevas formas de poder social. No sabemos cuáles puedan ser los límites de tales experimentos parciales y fragmentarios y de la innovación en el capitalismo: el poder social puede quedar en último término restringido a los márgenes, o puede haber mucha más capacidad de maniobra. Pero lo que es seguro es que todavía no hemos llegado a esos límites.

Pensar sistemáticamente sobre las alternativas emancipadoras es un elemento del proceso por el que se pueden ampliar los límites de lo posible. Lo que por el momento parece únicamente lejanas visiones de un cambio viable puede convertirse quizá en proyectos políticos coherentes. Embarcándonos en la exploración del aumento del poder social dentro del capitalismo, podemos alcanzar un mundo de poder sobre él y quizá finalmente trascenderlo.

La izquierda mundial después de 2011

Por Immanuel Wallerstein/La Jornada

Bajo cualquier parámetro con que se mida, 2011 fue un buen año para la izquierda en el mundo –no importa lo amplio o estricto que se defina la izquierda mundial. La razón básica fueron las condiciones económicas negativas que sufrió casi todo el mundo. El desempleo era alto y creció aún más. Casi todos los gobiernos tuvieron que enfrentarse a elevados niveles de deuda con ingresos reducidos. Su respuesta fue tratar de imponer medidas de austeridad a sus poblaciones mientras que intentaban proteger a sus bancos al mismo tiempo.

El resultado fue un revuelta por todo el mundo que los movimientos que conformaron Ocupa Wall Street (OWS) llamaron el 99 por ciento. La revuelta ocurrió en contra de la excesiva polarización de la riqueza, contra los gobiernos corruptos, y contra la naturaleza esencialmente antidemocrática de estos gobiernos –sea que contaran o no con un sistema multipartidista.

No es que los OWS, la Primavera Árabe o losindignados consiguieran todo lo que esperaban. El hecho es que lograron cambiar el discurso mundial, y lo alejaron de los mantras ideológicos del neoliberalismo acercándolo a temas como la inequidad, la injusticia y la descolonización. Por primera vez en un largo tiempo, la gente común discutía la naturaleza misma del sistema en que vivían; ya no se les podía dar por hecho.

Para la izquierda mundial la cuestión ahora es si puede avanzar y traducir este éxito discursivo inicial en una transformación política. El problema puede plantearse de un modo muy simple. Aun si en términos económicos existe una brecha clara y creciente entre un muy pequeño grupo (uno por ciento) y un grupo muy grande (99 por ciento), esto no significa que así ocurra la división política. A escala mundial, las fuerzas de centroderecha siguen representando a algo así como la mitad de las poblaciones del mundo, o por lo menos a aquéllos que son activos en lo político de alguna manera.

Por lo tanto, para transformar el mundo, la izquierda mundial necesitará un grado de unidad política que todavía no tiene. De hecho, existen profundos desacuerdos en torno a los objetivos de largo plazo y las tácticas de corto plazo. No es que estos puntos no se debatan, por el contrario, están en debate candente, y hay pocos progresos en cuanto a remontar las divisiones.

Estas divisiones no son nuevas. Eso no las hace más fáciles de resolver. Hay dos que son importantes. La primera tiene que ver con las elecciones. No hay dos, sino tres posiciones con respecto a las elecciones. Hay un grupo que sospecha profundamente de las elecciones, y argumenta que participar en ellas no es sólo ineficaz en lo político sino que refuerza la legitimidad del sistema-mundo existente.

Los otros piensan que es crucial tomar parte en el proceso electoral. Pero este grupo se divide en dos. Por un lado, quienes argumentan que son pragmáticos. Quieren trabajar desde dentro –desde el partido principal de centroizquierda cuando funcione un sistema multipartidista, o dentro del partido único de facto, cuando la alternancia parlamentaria no esté permitida.
Y por supuesto hay quienes denuncian esta política de escoger el mal menor. Insisten que no hay una diferencia significativa entre los principales partidos alternativos y respaldan la idea de algún partido que genuinamentesea de izquierda.

Todos estamos familiarizados con este debate y hemos escuchado los argumentos una y otra vez. Sin embargo, es claro, por lo menos para mí, que si no hay cierto acercamiento entre los tres grupos en lo que respecta a las tácticas electorales, la izquierda mundial no tiene mucha oportunidad de prevalecer ni en el corto ni en el largo plazo.

Creo que hay un modo de reconciliación. Implica distinguir entre las tácticas de corto plazo y la estrategia de más largo plazo. Concuerdo mucho con quienes argumentan que obtener el poder del Estado es irrelevante para (y posiblemente hace peligrar la posibilidad de) una transformación de más largo plazo del sistema-mundo. Como estrategia de transformación, se ha probado muchas veces y ha fallado.

Esto no significa que esa participación electoral en el corto plazo sea una pérdida de tiempo. El hecho es que una gran parte del 99 por ciento está sufriendo agudamente en el corto plazo. Y es este sufrimiento de corto plazo su principal preocupación. Están intentando sobrevivir, y ayudar a sus familias y amigos a sobrevivir. Si pensamos en los gobiernos no como agentes potenciales de transformación social sino como estructuras que pueden afectar el sufrimiento de corto plazo mediante sus decisiones en torno a políticas públicas, entonces la izquierda mundial está obligada a hacer lo posible por conseguir decisiones de los gobiernos que minimicen las penurias.

Trabajar por minimizar las penurias requiere de la participación electoral. ¿Y qué pasa con el debate entre quienes proponen el mal menor y quienes proponen respaldar a genuinos partidos de izquierda? Ésta se vuelve una decisión de táctica local, que varía enormemente de acuerdo a varios factores: el tamaño del país, la estructura política formal, la demografía, la localización geopolítica, la historia política. No hay una respuesta estándar, ni pueda haberla. Ni tampoco la respuesta de 2012 va a ser válida para 2014 o 2016. Para mí, por lo menos, no es un debate de principios sino una situación táctica que evoluciona en cada país.

El segundo debate básico que consume a la izquierda mundial es la que existe entre lo que yo le llamodesarrollismo y lo que podría llamarse la prioridad de un cambio civilizatorio. Podemos observar este debate en muchas partes del mundo. Uno lo ve en América Latina en los debates en curso, impulsados con bastante enojo entre los gobiernos de izquierda y los movimientos de pueblos indígenas –por ejemplo en Bolivia, Ecuador o Venezuela. Uno lo ve en América del Norte y en Europa en los debates entre los ambientalistas/verdes y los sindicatos que le dan prioridad a retener y expandir el empleo disponible.

Por un lado, la opción desarrollista, sea que la pongan en marcha los gobiernos de izquierda o los sindicatos, es aquélla de que sin crecimiento económico no hay modo de rectificar los desequilibrios económicos del mundo actual, sea que hablemos de la polarización al interior de los países o de la polarización entre naciones. Este grupo acusa a sus oponentes de respaldar, al menos objetiva y posiblemente subjetivamente, los intereses de las fuerzas del ala derecha.
Los proponentes de la opción antidesarrollista dicen que concentrarnos en la prioridad del crecimiento económico está mal por dos razones. Es una política que simplemente continúa los peores rasgos del sistema capitalista. Y es una política que ocasiona un daño irreparable –ecológico y social.

Esta división es todavía más apasionada, si eso es posible, que la participación electoral. La única manera de resolverla es proponiendo arreglos, sobre la base de caso por caso. Para hacer esto posible, ambos grupos deben aceptar de buena fe las credenciales de izquierda del otro. Y no será fácil.

¿Pueden remontarse estas divisiones de la izquierda en los próximos cinco a 10 años? No estoy seguro. Pero si no se remontan, no creo que la izquierda mundial pueda ganar la batalla en los próximos 20 a 40 años en torno a qué clase de sistema sucesor tendremos conforme el sistema capitalista se colapsa definitivamente.

Traducción: Ramón Vera Herrera