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PNP y PPD, la misma M|#$&@

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La tendencia Revolucionaria y La tendencia Reformista de Juan Antonio Corretjer

Fragmento de La Lucha por la independencia de Puerto Rico de Juan Antonio Corretjer

 

II. La tendencia Revolucionaria

 

En todos los países de la tierra, en todos los tiempos, un proceso más o menos largo engendra ciertas condiciones que desembocan en una revolución. No hay revoluciones importadas: famosa y cierta es la observación: “cada pueblo hará su propia revolución, si es que la quiere; y si no quiere, no habrá revolución.” Es lo cierto que todo pueblo llega al momento en que quiere a su revolución. Y la tiene.

La revolución es, pues, la culminación de un proceso histórico. La tendencia revolucionaria, por ello mismo, va marcando, con su crecimiento, el adelanto de ese proceso.

Puerto Rico es, como lo son todas las naciones americanas, una nación formada bajo la mano del imperialismo. Se diferencian en su formación las nacionalidades americanas de las euro- peas en esto: mientras las europeas se núclean con la aglutinación de los estados feudales, las americanas nacen, rota su continuidad histórica precolombina por el Descubrimiento y Conquista, bajo la mano de imperios europeos: España, Francia, Inglaterra y Portugal.

Dijimos anteriormente que, después de Lares, negar la existencia de una nación puertorriqueña es una imbecilidad. Pero la nación ha comenzado a formarse mucho antes. La explotación de las minas por los Conquistadores a base de la explotación del brazo indígena; la guerra indo-española terminada en la jornada de Yagüecas, la importación de esclavos negros, la repartición de la tierra en hatos realengos a protegidos de la Corona; la permanencia en Puerto Rico de españoles pobres; el mestizaje: estos hechos

produjeron inmediatamente diferencias de intereses y reacciones sicológicas que fueron sin duda alguna factores de diferenciación nacional: la nación comenzaba a formarse.

Tres siglos contemplaron la laboriosa alquimia de la Patria, hasta que los síntomas de integración comenzaran a revelarse de una manera inequívoca. Tres siglos de lucha, de trabajo y de sangre: alzadas de indios, revueltas de esclavos; criollos y trabajado- res españoles que se fugan de las poblaciones y viven, en el abrupto interior, una vida independiente y dura. Amarguras, humillaciones, rencores, venganzas y complejos van formando el terreno en el cual una secreta química de historia va a ir fecundando esperanzas, aspiraciones, decisiones. Es la maravillosa progresiva manifestación morfológica del alma nacional y nuestra. Y a fines del Siglo XVIII ocurre la primera gran floración del alma patria: José Campeche inaugura genialmente el arte pictórico puertorriqueño. Campeche significa la aparición del genio puertorriqueño en su capacidad de aprovecharse del alma puertorriqueña para expresarla en forma artística.

Un hombre de origen humilde—era mulato—expresa inmediatamente otra manifestación de nuestra integración nacional: el Capitán Henríquez. Se ha alzado majestuosamente desde el fondo de la esclavitud. En su alma hay el temple de dos razas transformadas en el alma puertorriqueña; hay la resistencia y la disciplina que engendra el trabajo; el temple que forja el dolor y la voluntad tesonera de las desobediencias y los motines. Es capitán de mar. Es inmensamente rico. De su propiedad es una flota mercante de velas. Henríquez significa la aparición del genio puertorriqueño en su capacidad de aprovecharse creadoramente de las materialidades puertorriqueñas.

Las dos individuaciones inmediatas revelan un avance extraordinario en la voluntad y el discernimiento ideológico de la nación. El hijo de una aristocrática familia en el extremo oriental del país, y el hijo de una familia de trabajadores en su extremo occidental, como si significativamente quisieran abarcar entre sus

cunas el todo nacional en lo social y en lo geográfico, levantan la nación a nuevos y más altos niveles de manifestación. El uno es Antonio Valero de Bernabé. Y Roberto Cofresí el otro.

Con Antonio Valero de Bernabé comienza a injertarse una ideología en el tronco de nuestro embrionario proceso revolucionario. Nuestro desarrollo adquiere su primera conciencia política. Valero es el primer puertorriqueño en pensar claramente en la independencia del país. Si las condiciones generales hubieran tenido ya la maduración de esa individualidad extraordinaria, Valero habría sido nuestro Libertador. El glorioso, sabio, modesto y heroico lugarteniente de Bolívar incorporó a nuestra tradición revolucionaria un elemento característico al movimiento de independencia latinoamericana: su internacionalismo.

Si a Valero la sociedad en que apareció, por haber nacido en sus cumbres, le ofreció todo lo necesario al desarrollo de su extraordinaria personalidad, a Roberto Cofresí lo condenó al patí- bulo y a la ignominia de una leyenda negra de la cual aún no ha sido con justicia rescatado. Pirata, ladrón de los mares, asesino frío y cruel son los distintivos con que los historiadores españoles nos lo pasaron a la posteridad. El pueblo, a su vez, le labró una leyenda dorada de Robin Hood criollo. En una cosa solamente co- incidieron ambas leyendas: en exaltar el coraje indómito y la pericia marinera del caborrojeño.

Lentamente, de debajo de más de un siglo, ha comenzado a surgir su verdad: armado en corso Cofresí navegaba bajo la ban- dera de la República de Puerto Rico Libre. ¡Caso único en la historia: la primera proclamación de una República en pleno mar por la insurgencia solitaria y genial de ese Ulises del alma puertorriqueña!

Tócale a Roberto Cofresí el significativo rol de ser la primera figura histórica en llamarnos la atención sobre el “peligro yanki”. Nadie vio aquella prematura y significativa señal de los tiempos, ya que fue la flotilla yanki del Caribe bajo el mando de Porter, la que capturó a Cofresí y lo entregó a sus verdugos españoles. Los yankis habían puesto su flota al servicio de España para evitar la independencia de Puerto Rico y Cuba.

Cofresí y el Mariscal Valero representan la asunción de la voluntad patriótica al heroísmo, significan la capacidad del genio puertorriqueño para disponer militarmente del espíritu nacional.

Cuando esto ocurre hemos ya promediado el primer cuarto del Siglo XIX. Ese cuarto de siglo ha sido pródigo en manifestaciones de una conciencia puertorriqueña. Quince años antes llegó a nuestras playas un Comisario Regio. Traía la encomienda de la Corona de España de dirigir desde San Juan la campaña imperial contra los Libertadores de Venezuela. Al encopetado personaje se le ocurrió la mala idea de usar las milicias puertorriqueñas como parte de la tropa invasora de nuestra hermana nación. Bastó que corriera el rumor de su proyecto para que en pasquín famoso el pueblo puertorriqueño le hiciera saber que “no sufrirá jamás que se saque a un solo miliciano para llevarlo a pelear contra sus hermanos caraqueños”. Y los ánimos se caldearon de tal modo que el Comisario Regio no solamente hubo de desistir de su proyecto sino que además vióse obligado, para calmar los ánimos, a poner en libertad a tres diputados venezolanos que se hallaban presos en El Morro. El pueblo estaba ya en la resistencia. E igualmente, en 1864, los puertorriqueños resistieron la orden regia movilizándolos para pelear contra Santo Domingo.

Pero, para entonces, ya ha ocurrido un fenómeno culminan- te. El proceso revolucionario no es una simple espontaneidad: tiene su ideología y su dirección. Tiene sus héroes y sus mártires, sus Vizcarrondo y sus Quiñones. Betances ha aparecido, como un gigante, perfilando su figura viril y apostólica en nuestra cordillera moral. Betances es el iluminismo, es el ideario republicano y democrático, es el demoliberalismo. Y aquí, como en la América toda, no se trata del trasplante artificial y violento de una idea extranjera o extranjerizante; es que ha surgido en Puerto Rico un embrión de clase cuyo papel histórico es la subversión del feudalismo, la dirección de la lucha por la independencia: una incipiente burguesía. El país había madurado. La tendencia revolucionaria, surgida de las entrañas más remotas y vírgenes del pueblo, tiene ya su arma más poderosa: su correspondiente ideología. Va a producirse Lares, y, con Lares, la prueba irrefutable de la nacionalidad. El proceso revolucionario había creado la nación.

 

III. La tendencia Reformista

Si la tendencia revolucionaria es la autoctonía, si nos viene desde el primer resplandor de nuestra vida histórica e incorpora lo ajeno únicamente transubstanciándolo, apropiándoselo, asimilándolo, y es por ello la creadora de nuestro ser de pueblo y nuestra conciencia viva y militante, la tendencia reformista es exporta- da a Puerto Rico por dos imperialismos, y por dos imperialismos cuidadosamente estimulada y aprovechada. A través de nuestra historia ese veneno letal contiene nuestras energías, debilita nuestra conciencia, frena el desarrollo de nuestra nacionalidad, nos deforma, nos desnacionaliza. Es el arma más poderosa del imperialismo. El enemigo más peligroso porque es la quinta columna que ha colocado dentro de nuestra cabeza. Es persuasivo: se viste con la apariencia del sentido común. Es degenerante: estimula nuestro apetito de placeres y tienta a los menos sensuales con el paraíso de una vida hogareña de pacata redondez. Proclama la virtud de la cobardía. A la abyección le llama realismo. Usa siempre las palabras más nobles para encubrir las intenciones más perversas. Está ahora en el apogeo de su degeneración y su poderío. No siempre ha sido igual en forma ni siempre ha sido perverso en sus personalidades y expresiones. Su actual degeneración es el producto de un proceso. Pero ayer y hoy ha surtido el mismo efecto: rendir la bandera, debilitar al país, retardar su progreso, servir a los gobernantes extranjeros, evitar el advenimiento de la independencia. Tras un siglo de existencia no tiene otra cosa que esperar sino su definitivo fracaso: pero ha triunfado en lo único que ha podido servir: en posponer la organización de nuestra República, en prolongar el dolor de nuestro coloniaje.

Al revés de la tendencia revolucionaria que ha surgido del fondo de nuestras realidades, de la maraña de nuestros problemas, de los ímpetus de nuestra voluntad, de las luces de nuestro pensamiento, la tendencia reformista viene al país como un derivado de la política de su metrópolis: “hoy yanki, ayer española”.

He aquí el rasgo fundamental de extranjería de la tendencia reformista: en todos los tiempos nuestro claudicante reformista acepta y predica las consignas del imperio. Ese rasgo revela su causa al observarse que la tendencia no se ha formado en nosotros mismos. No ha brotado de nuestras necesidades para las cuales no es cura el reformismo, sino de las necesidades del imperio sojuzgador.

Anotemos ya, para ponernos un punto de partida, la primera manifestación notable de la tendencia reformista. En aquel entonces se llamó asimilismo. Su líder lo fue el Dr. Pedro Gerónimo Goyco. El partido político que organiza se denomina Partido Liberal Reformista. El Punto Primero del Programa declara: “Aceptan ser conveniente que se trate y se resuelvan con criterio liberal, a la luz de los principios proclamados por la revolución de septiembre, sobre todas las reformas de administración pública, eco- nómico-administrativa y social de esta isla; (La Citada “revolución de septiembre” se refiere a la ocurrida en España, no a la de Puerto Rico). El Punto 2do. añade: “Aceptan el principio de asimilación con la Madre Patria; pero asimilación completa, haciendo extensivo a esta Isla en todos sus artículos el Título I de la Constitución de la Monarquía… etc… etc…”

Los reformistas se acomodan en la política española, aceptan las consignas del Gobierno español para mendigar reformas. Renuncian a la nacionalidad para reclamar “la asimilación en política con la Madre Patria; pero asimilación completa…” El impulso organizador, los principios del Programa, no son de origen puertorriqueño: todos se han originado en la Península.

Los incondicionales españoles se oponen. ¿Quién los acalla? ¿La fuerza de los reformistas acaso? No. Los acalla el propio Gobierno Español operando todavía atemorizado por la Revolución de Lares ocurrida dos años antes. El Proyecto de Reformas municipales, presentado aquel año, (1870) por el Ministro de Ultra- mar, Don Segundo Moret, hizo ver claramente a los incondicionales que una oposición sistemática a tales reformas los llevaría al fracaso y la anulación; los llevó a comprender que los mejores intereses del Imperio eran servidos por el reformismo; que la transacción reformista era la mejor manera de apartar al pueblo puertorriqueño del camino de la libertad, la independencia y la justicia.

Y, efectivamente, a través de toda su historia, el reformismo procede así: de las consignas del Imperio. Y así actúa para bien del Imperio y para apartar a Puerto Rico del camino de su libertad, de su independencia y de su justicia. Así, desde el Partido Liberal Reformista de 1870 hasta el Partido Popular Democrático del presente. Y desde Pedro Gerónimo Goyco a Luis Muñoz Marín.

Y he aquí también desde el principio revelado el fondo dramático, la trágica contradicción de que, mientras el Imperio cede reformas bajo la amenaza de los revolucionarios puertorriqueños, la cesión de reformas aparece en la superficie como una victoria del reformismo, allegando a esta enfermiza y nefasta tendencia prestigio en las masas, y comenzando, desde entonces, a producirse ese espejismo de sus ideales que ha hecho correr a nuestro pueblo, engañado y traicionado, largo camino de innecesario coloniaje, de dolor humano, de despotismo extranjero y frustración nacional.

 

Luis Muñoz Marín de Pablo Neruda

LUIS MUÑOZ MARÍN
Hay un gordo gusano en estas aguas
en estas tierras un rapaz gusano;
se comió la bandera de la isla
izando la bandera de sus amos,
se nutrió de la sangre prisionera,
de los pobres patriotas enterrados.
En la corona de maíz de América
creció la gusanera del gusano
prosperando a la sombra del dinero,
sangriento de martirios y soldados,
inaugurando falsos monumentos,
haciendo de la patria que heredaron
sus padres, un terrón esclavizado,
de la isla transparente como estrella
una pequeña tumba para esclavos,
y convivió este verme con poetas
por sus propios destierros derribados
repartió estímulo a sus profesores
pagando a pitagóricos peruanos
para que propagaran su gobierno,
y su Palacio era por fuera blanco
y adentro era infernal como Chicago
con el bigote, el corazón, las garras
de aquel traidor, de Luis Muñoz Gusano,
Muñoz Marín para la concurrencia,
Judas del territorio desangrado,
gobernador del yugo de la patria,
sobornador de sus pobres hermanos,
bilingüe traductor de los verdugos,
chofer del whisky norteamericano.