Etiquetado: Reformismo

Transformación social y alternativa socialista

El siguiente escrito es un fragmento del articulo “Los Puntos de la Brújula: Hacia una alternativa socialista” de Erik Olin Wright (http://www.ssc.wisc.edu/~wright/PuntosBrujula–NLR41.pdf)

La cuestión central de una teoría de la transformación es ésta: dados los obstáculos y oportunidades para la transformación emancipadora generados por el proceso de reproducción social, las discontinuidades en ese proceso y la incierta trayectoria futura del cambio social, ¿qué tipo de estrategias colectivas nos ayudarán a avanzar en la dirección de la emancipación social? Las luchas por ideales democráticos, igualitarios y emancipadores se han arracimado históricamente en torno a tres formas básicas de transformación a través de las cuales se podrían construir nuevas instituciones de poder social: rupturista, intersticial y simbiótica.

Las transformaciones rupturistas pretenden crear nuevas instituciones de poder social mediante una brusca ruptura con las formas y estructuras sociales existentes. La idea central es que la confrontación directa y la lucha política crearán una disyunción radical en la que las instituciones existentes serán destruidas y se construirán otras nuevas en un corto espacio de tiempo. Se plantea así un escenario revolucionario para la transición al socialismo: una victoria decisiva y general de las fuerzas populares que da lugar a la rápida transformación de las estructuras económicas subyacentes. Sin embargo, las transformaciones rupturistas no se limitan a las revoluciones. Pueden afectar a ciertos conglomerados de instituciones y no a los fundamentos del sistema social; también pueden ser parciales y no totales. La idea unificadora es una brusca discontinuidad y un cambio rápido, en lugar de una lenta metamorfosis durante un largo periodo de tiempo.

Las transformaciones intersticiales tratan de construir nuevas formas de poder social en los nichos, espacios y márgenes de la sociedad capitalista, a menudo allí donde no parecen plantear una amenaza inmediata para las clases y elites dominantes. Ésta es la estrategia más profundamente inmersa en la sociedad civil y a menudo es invisible al radar de los críticos radicales del capitalismo. Aunque las estrategias intersticiales están en el centro de algunos planteamientos anarquistas del cambio social y desempeñan un gran papel práctico en los esfuerzos de muchos activistas comunales, los socialistas revolucionarios han despreciado a menudo tales esfuerzos, considerándolos meramente paliativos o simbólicos, sin que ofrezcan muchas perspectivas de un desafío serio al statu quo. Sin embargo, acumulativamente, tales transformaciones pueden suponer no sólo una diferencia real en la vida de la gente, sino, al menos potencialmente, un componente clave de la ampliación del ámbito transformador del poder social en el conjunto de la sociedad.

Las transformaciones simbióticas suponen estrategias en las que la extensión y profundización de las formas institucionales de poder social popular también resuelve ciertos problemas prácticos a los que se enfrentan las clases y elites dominantes. La democratización del Estado capitalista, por ejemplo, fue el resultado de presiones concertadas y luchas desde abajo que en un primer momento se consideraron una seria amenaza a la estabilidad del dominio capitalista. El incremento de poder social fue real, no ilusorio, pero también ayudó a resolver problemas que perturbaban los intereses de los capitalistas y otras elites, contribuyendo a la estabilidad del capitalismo. Las transformaciones simbióticas tienen así un carácter contradictorio, beneficiándose a menudo de una tensión entre los efectos a corto y a largo plazo del cambio institucional: a corto plazo, las formas simbióticas de poder social corresponden a los intereses de las clases y elites dominantes; a largo plazo pueden desplazar el equilibrio de poder hacia un poder social más amplio.

Estos tres tipos de transformaciones sugieren posturas y actitudes muy diferentes hacia la política de transformación. La transformación rupturista, al menos en sus formas más radicales («destruir el Estado»), supone que las instituciones centrales de reproducción social no se pueden utilizar eficazmente con propósitos emancipadores; deben ser destruidas y sustituidas por algo cualitativamente nuevo y diferente. La transformación intersticial («ignorar al Estado») pretende ir construyendo poco a poco un mundo alternativo dentro del viejo. Quizá haya momentos en que se puedan aprovechar para ese fin las instituciones establecidas, pero las transformaciones intersticiales suelen dejar de lado los centros principales de poder. La transformación simbiótica («usar el Estado») busca formas de insertar los cambios emancipadores en las instituciones decisivas de reproducción social, especialmente el Estado, con la esperanza de forjar nuevas formas híbridas que no quepa echar atrás, avanzando en la dirección de un ámbito ampliado para el poder social emancipador.

Todas esas estrategias presentan problemas. Ninguna de ellas garantiza el éxito. Todas ellas albergan riesgos y dilemas. En diferentes momentos y lugares, una u otra puede ser la más eficaz, pero normalmente ninguna de ellas basta por sí misma. A menudo sucede que los activistas se comprometen profundamente en una u otra de estas visiones estratégicas, que les parece universalmente válida, y malgastan demasiadas energías en el rechazo de los demás modelos. Un proyecto a largo plazo con perspectivas de éxito debería afrontar el complicado problema de combinar esas estrategias, incluso si la combinación significa inevitablemente que las luchas a menudo se crucen.

En este inicio del siglo XXI resulta fácil el pesimismo sobre las perspectivas futuras de un socialismo de poder social; pero es importante recordar que en todo el mundo se están ensayando muchas de esas propuestas. Existen experimentos, se están construyendo continuamente nuevas instituciones (y también, desgraciadamente, destruyendo) en los intersticios de las sociedades capitalistas, y de vez en cuando se producen victorias políticas en las que el Estado puede colaborar en el proceso de innovación social. Constantemente surgen nuevas formas de poder social. No sabemos cuáles puedan ser los límites de tales experimentos parciales y fragmentarios y de la innovación en el capitalismo: el poder social puede quedar en último término restringido a los márgenes, o puede haber mucha más capacidad de maniobra. Pero lo que es seguro es que todavía no hemos llegado a esos límites.

Pensar sistemáticamente sobre las alternativas emancipadoras es un elemento del proceso por el que se pueden ampliar los límites de lo posible. Lo que por el momento parece únicamente lejanas visiones de un cambio viable puede convertirse quizá en proyectos políticos coherentes. Embarcándonos en la exploración del aumento del poder social dentro del capitalismo, podemos alcanzar un mundo de poder sobre él y quizá finalmente trascenderlo.

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El fracaso de la socialdemocracia

POR   | 2 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Tomado de http://www.80grados.net

URL: http://www.80grados.net/2011/09/el-fracaso-de-la-socialdemocracia/

Cuando terminaba el siglo XX, hace apenas una década, los países más relevantes de la Unión Europea estaban gobernados por la socialdemocracia. Tony Blair era primer ministro en Londres; Gerard Schröder era el canciller alemán, Lionel Jospin dirigía el gobierno francés, y Massimo D’Alema era presidente del consejo de ministros italiano. No eran los únicos socialdemócratas al frente de gobiernos: de los quince países de la Unión Europea, once estaban gobernados por otros dirigentes de la misma ideología. La Internacional Socialista jugaba en esos años con la idea de un agrupamiento con el Partido Demócrata norteamericano y otros partidos semejantes, en el momento en que Bill Clinton casi terminaba su segundo mandato presidencial. Dirigiendo algunos de los países más importantes del mundo, todo parecía sonreír a los líderes socialdemócratas, a sus partidos y a la Internacional Socialista, que, pocos años atrás, entre 1989 y 1991, cuando desaparecieron los sistemas del socialismo real en Europa y la Unión Soviética, celebraron el hundimiento y desaparición de muchos partidos comunistas en Europa del Este, sin sospechar el sufrimiento social que iba a extenderse por medio continente, se aprestaron a colaborar en la marginación del resto de organizaciones comunistas (como en España) y anunciaron el inicio de un tiempo nuevo, donde sus partidos socialdemócratas iban a representar la nueva izquierda que, frente a los errores de los partidos comunistas, iba a construir sociedades más justas, más libres y más solidarias, en línea con los programas de la Internacional Socialista, que, según mantenía, iba a conjugar el socialismo con la libertad.

En el tránsito desde la exaltación hasta el fracaso, la socialdemocracia generó algunos espejismos más. La tercera vía de Blair y Giddens, de la que ya no se encuentran seguidores en el mundo, quiso ser un camino intermedio entre el liberalismo y la vieja socialdemocracia de entreguerras, pero fue una vuelta de tuerca en la deriva del laborismo británico, y, después, de buena parte de los partidos socialdemócratas europeos, un camino que transitaron retorciendo el lenguaje, vistiéndose de supuesta modernidad, sacudiéndose la zarza tormentosa de sus lejanos lazos con el marxismo, jugando con ideas de la derecha para hacerlas pasar por progresistas: así, la pretendida síntesis que hizo la tercera vía entre ideas tradicionales del capitalismo con propuestas socialistas quedó reducida a la desregulación, al recorte de los derechos asegurados a los trabajadores por el Estado del bienestar, a la reducción de impuestos (que siempre beneficia a los más ricos), a las privatizaciones de empresas públicas favoreciendo a la burguesía y a los financieros, y a una criminal política exterior, protagonizando con la guerra de Iraq la última matanza colonial. La vergonzosa evolución posterior del propio Blair es conocida: no considera deshonesto estar a sueldo de monarquías medievales como la de Kuwait, o de entidades financieras como JP Morgan Chase , que están en el origen de muchas de las actividades delictivas que han causado la mayor crisis económica desde 1929.

Diez años después, el escenario ha cambiado. En 2011, cuando apenas quedan países europeos dirigidos por la socialdemocracia, y el propio Papandreu, actual presidente de la Internacional Socialista y del gobierno griego, se esmera en aplicar la política conservadora, cercenando los derechos de la población, es razonable preguntarse: ¿Se ha cumplido el programa socialdemócrata? En su “declaración de principios”, la Internacional Socialista sigue proclamando su deseo de “configurar un futuro socialista democrático en el siglo XXI”, y acompaña esa proclama con las tradicionales buenas intenciones sobre el progreso, la solidaridad, el empleo y el futuro sostenible del planeta. Pero, es obvio que no podemos creer en sus palabras. Prisioneros de su renuncia a cambiar las cosas, de su entrega a la voluntad de la burguesía parasitaria y a los carteristas de las finanzas internacionales, los socialdemócratas han culminado su transformación convirtiéndose en una de las muletas del sistema. En ese tránsito, personajes tan poco recomendables como Tony Blair, Carlos Andrés Pérez, Bettino Craxi, Felipe González, por citar algunos, han jugado en las dos últimas décadas un papel central en las decisiones de la socialdemocracia, sin olvidar a déspotas como el tunecino Ben Alí, el egipcio Mubarak, que también eran dirigentes de la Internacional Socialista (de manera vergonzante, Ben Alí fue expulsado tras perder el poder; Mubarak, fue abandonado por la Internacional Socialista apenas unos días antes), o Jalal Talabani (el presidente de Iraq, cómplice de las innumerables matanzas protagonizadas por Estados Unidos en su país), que es vicepresidente de la IS, por no hablar de los dirigentes del Israel Labor Party, ILP , partícipes de los constantes asesinatos de palestinos. Es cierto que en la Internacional Socialista hay otros dirigentes más presentables, pero su actuación global está del lado de los poderosos.

En los hechos, la socialdemocracia europea, apéndice durante décadas del “amigo americano” y de sus postulados anticomunistas, además de partícipe en muchas atrocidades coloniales, ha abominado del cambio social, de la revolución, del socialismo entendido como un sistema político que asegurase la propiedad común, la justicia y la libertad, ciñéndose a una gestión de los asuntos públicos que, sin poner en cuestión el capitalismo, limitaba parcialmente la voracidad de la derecha y del empresariado: sus años dorados fueron los de la construcción del Estado del bienestar en Europa, cuyo mérito se atribuyen pese a la evidencia del papel jugado por las organizaciones obreras, los partidos comunistas y la propia existencia de la Unión Soviética.

En los últimos años, muchos de los dirigentes socialdemócratas han defendido que conceptos políticos como “izquierda” y “derecha” habían sido superados (aunque, ocasionalmente, los utilizaran electoralmente, de forma oportunista, ante formaciones conservadoras), y que ideas como la emancipación social eran antiguallas del pasado, hasta el punto de que, a juzgar por sus palabras, su nuevo horizonte es el de una sociedad “democrática”, con alusiones a una vaga “cohesión social”, a una difusa “solidaridad” con los más pobres, a una leve “justicia”… que se concreta en una defensa, no por vergonzante menos eficaz, del capitalismo, gestionando las conquistas sociales que habían aparecido en Europa al amparo de las luchas obreras y de la revolución bolchevique. Han jugado también a robar las palabras, a sustituir términos rigurosos y precisos como “capitalismo” por roñas del lenguaje como “economía de mercado” o, con más simpleza aún, por “mercados”.

Cuando se acepta incluso el lenguaje de la derecha, se ha llegado al final. Al margen de las excepciones nórdicas europeas, donde la socialdemocracia construyó avanzados sistemas de protección social, compatibles con el capitalismo, en países periféricos y poco poblados; en general, la socialdemocracia se reorganizó como valladar ante los temores revolucionarios y fue, en muchas ocasiones, el muro protector del sistema capitalista. Así ha sido en España, por ejemplo. Pese a la interesada insistencia con que el PSOE reclama los supuestos logros de sus gobiernos con Felipe González, lo cierto es que su visión y su práctica era la de una socialdemocracia liberal, complaciente con la derecha económica, que proporcionó a los empresarios la fragmentación y la precariedad de las condiciones laborales de los trabajadores, mientras facilitaba la acción empresarial, dejándoles hacer, y permitiendo que organizasen la economía nacional a su antojo, muchas veces en condiciones turbias, aceptando privatizar empresas públicas, mientras el Estado subvencionaba sin justificación a las empresas y cerraba los ojos ante la evidencia de la economía sumergida y de la evasión de impuestos, unido a la corrupción y al tráfico de influencias de muchos empresarios, rasgos que se han convertido en definitorios de la mayoría de ellos. La propia idea de empresas públicas es una noción absurda para esta última socialdemocracia, que se ha aplicado a desmantelar buena parte de la propiedad del Estado, facilitando a los empresarios su compra en condiciones muy ventajosas, en ocasiones con sospechosas facilidades, permitiendo la realización de grandes negocios y el cobro de plusvalías millonarias, con frecuencia en un marasmo de corrupción y comisiones escandalosas, donde apenas ha entrado la justicia a investigar.

En ese sentido, hay que señalar que la política seguida por Rodríguez Zapatero ha sido la aplicación del programa del Partido Popular, agravada por reformas laborales y de la negociación colectiva que son una agresión sin precedentes para los trabajadores, y aceptando, además, muchas de las exigencias de la patronal española, la CEOE. Si el Partido Popular y la CEOE han criticado algunas medidas del gobierno de Zapatero, no ha sido porque no las compartieran, sino porque todavía reclaman mayores sacrificios para los trabajadores.

Además, buena parte de los dirigentes socialistas ha optado por la vía de “toma el dinero y corre”, entrando en el entramado corrupto de las asesorías y del tráfico de influencias para empresas y multinacionales, en los puestos inútiles de representación con sueldos millonarios, en el mundo de los negocios turbios, del clientelismo y de las manadas de lobos de los promotores de negocios al amparo de los presupuestos municipales, autonómicos o estatales, o viviendo de empleos políticos que proporcionan jugosas retribuciones: el dinero de los contribuyentes y la propiedad del Estado son un pozo sin fondo donde creen que pueden meter la mano, o, si no, al servicio de las grandes empresas y multinacionales. El nombre de Felipe González viene de inmediato a la memoria, pero está acompañado de muchos otros. Sustituyendo el concepto de capitalismo por el de unos anónimos “mercados” (sin nombres, sin responsables, sin beneficiarios, al parecer), la socialdemocracia ha renunciado a los últimos restos de la ideología de izquierda que quedaba en su seno. Ni siquiera ha insistido en la necesidad de controlar los paraísos fiscales que facilitan a empresarios y especuladores la evasión de impuestos y el blanqueo de capitales, al margen de algunas declaraciones, en el momento álgido de la crisis, que ya se han olvidado.

La cumbre del G-20 en Londres, que empezó a elaborar una lista de paraísos fiscales, y donde se habló de sanciones para dificultar sus actividades, es ya un recuerdo más: la socialdemocracia ha cedido a las presiones de la derecha económica y ha olvidado también esa necesidad. El último capítulo es el de la rendición absoluta, sin matices: la socialdemocracia europea ha optado, en los países donde sigue gobernando, por aplicar una política que hace pagar a los pobres las deudas y los excesos de los ricos. Es más: como se está comprobando en Grecia, incluso está dispuesta a utilizar la fuerza policial para reducir y reprimir las protestas que esa feroz política de incautación y de robo de la propiedad y de los ahorros de la población ha hecho estallar allí y en muchos países. Su política económica se basa hoy en vagas alusiones a la recuperación, al esfuerzo para superar la crisis, y a la aceptación de casi todas las exigencias empresariales y de los “mercados”, confiando en la llegada de lo que Paul Krugman ha llamado “el hada de la confianza”: sostienen que los sacrificios y recortes sociales ayudarán a reducir la deuda soberana de cada país y eso dará confianza a empresarios y especuladores, que aceptarán invertir de nuevo para reactivar la economía.

En la fiscalidad, en las reformas laborales, en el recorte de los salarios, en las pensiones, en el desmantelamiento del Estado del bienestar, la socialdemocracia ha sido, cuando ha gobernado, el ariete de la derecha, ha hecho el trabajo sucio que a los partidos conservadores les hubiera sido muy costoso emprender. El ejemplo de Grecia es evidente: el último plan de austeridad presentado por el gobierno de Papandreu ni siquiera contempla obligaciones para los ricos, ni medidas contra la economía sumergida, ni persigue el fraude fiscal de los poseedores de grandes fortunas: sólo afecta a los trabajadores, a los pensionistas y a los ciudadanos corrientes.

El capitalismo se basa en la explotación, en el fraude, en el robo, en la corrupción. Sin tapujos. A veces, a la luz del día. Los grandes empresarios y banqueros se han comportando, y siguen haciéndolo, como verdaderos ladrones, y el hecho de que existan excepciones no varía el juicio general. En los veinte años transcurridos desde la desaparición de la URSS, las desigualdades en el mundo capitalista no han hecho sino aumentar, enriqueciendo más a quienes ya eran ricos y empobreciendo a los trabajadores, hasta el punto de que se ha roto la tendencia hacia el progreso que se había mantenido desde la victoria contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial, dejando así al descubierto las mentiras con que envolvieron al mundo los principales portavoces del sistema capitalista que auguraron “los dividendos de la paz”. La anulación de los mecanismos que controlaban parcialmente la actuación de empresas y financieros, la desregulación salvaje de las normas económicas y de empleo, la fe ciega en el poder de “los mercados” (hipócritamente compatible con el uso de información privilegiada y la utilización de los Parlamentos cautivos para forzar leyes favorables al empresariado), el ataque al poder sindical (con campañas de desprestigio y chantajes para asegurar su docilidad), y la renuncia a fortalecer el sector público de la economía, junto con la limitación de la actuación del Estado en su papel de garante de los derechos mínimos (sin que, al mismo tiempo, los sectores empresariales renuncien al cobro de subvenciones millonarias a cargo del ciudadano), añadido al control de unos medios de comunicación que se han convertido en meros altavoces de empresarios y banqueros, explican el retroceso del Estado del bienestar en Europa y el aumento del sufrimiento social entre grandes segmentos de la población, sobre todo entre los trabajadores más pobres y precarios, y entre los pensionistas y desempleados.

No sucede sólo en Europa. En Estados Unidos, también se están reduciendo los salarios de los trabajadores, y la banca de inversión protagonizó una operación de robo a sus clientes, con la complicidad de las agencias de calificación. En la Unión Europea, el trasvase de recursos públicos hacia el sector empresarial, el endeudamiento de los Estados para salvar a los bancos, y la incautación de una parte de los recursos de la población por la vía de los recortes salariales y de las pensiones, del aumento de precios e impuestos, y del desmantelamiento de una parte del Estado del bienestar, han puesto de manifiesto la voracidad de los responsables de la crisis capitalista, junto con los partidos conservadores, y la impotencia y docilidad de la socialdemocracia.

En España, en treinta años se ha pasado de un porcentaje de desempleo que no llegaba al 5 por ciento, a superar el 20 por ciento. Los gobiernos socialistas, con González, pese al impulso de algunos programas sociales, pusieron las bases para aumentar la temporalidad y, tras ella, la precariedad del trabajo, iniciando la desarticulación de la clase obrera y, más allá, la fragmentación social y la corrupción. Después, aumentaron los empleos con cada vez más bajos salarios y, además, temporales. Mientras tanto, creció la burbuja inmobiliaria, aumentó la corrupción, y las subvenciones a los empresarios (por distintas vías, y en todos los estratos del poder, desde el gobierno central hasta las autonomías y los ayuntamientos) pasaron a ser uno de los factores sistémicos del capitalismo español, en buena parte parasitario. Para agravar las cosas, muchos economistas admiten que, si se produce una recuperación, no irá de la mano de un aumento de los salarios, ni de la seguridad en el empleo. En el colmo de la burla y la desfachatez, los empresarios, protagonistas de esa destrucción de puestos de trabajo, reclaman que el gobierno imponga nuevas reformas laborales y nuevos sacrificios a los trabajadores… porque les duele la situación de tantos millones de parados. La evidencia de que los distintos gobiernos, en Europa y Estados Unidos, han salvado a las entidades financieras de sus propios excesos y pérdidas, mientras han permitido que los banqueros y financieros siguiesen manteniendo sueldos multimillonarios, ha puesto en la picota al propio sistema capitalista. El presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, admitió que los gobiernos, en Europa y Estados Unidos, habían movilizado el 27 % del PIB (¡unos siete billones de dólares!) “para evitar el colapso del sistema financiero”, al tiempo que reconocía que los ciudadanos no aceptarían que los gobiernos acudieran a salvar de nuevo a la banca privada.

Es obvio que ese “rescate” de los bancos ha sido posible haciendo pagar a los ciudadanos la factura, con el aumento de la deuda pública, con nuevos impuestos, reducciones salariales y de pensiones, y recorte de prestaciones y derechos sociales, a través de “programas de austeridad” impuestos por la Unión Europea y el FMI o impulsados por los propios gobiernos. Sin exagerar: el capitalismo real, el sistema que gobierna Europa, Estados Unidos, y buena parte del mundo, es un aglomerado de estafadores y corruptos, de cómplices de la economía criminal que ha puesto al mundo en una situación límite. La economía capitalista está en manos de especuladores, ladrones, financieros corruptos, banqueros sin escrúpulos y empresarios deshonestos. La propia democracia ha sido vaciada de contenido, los Parlamentos se han convertido en un escenario de opereta, y los gobiernos apenas pueden enfrentar las decisiones de quienes manejan los mercados, y las conquistas sociales que fueron recogidas en muchas Constituciones después de la Segunda Guerra Mundial están en serio peligro.

La política, entendida como la actividad de unos tipos que poco tienen que ver con las preocupaciones de la gente común, no interesa a los ciudadanos. En cambio, la política, entendida como el gobierno de las cosas comunes, preocupa a millones de personas. Y las democracias liberales ahogan las posibilidades de cambio, limitan la expresión de la voluntad popular, ahogan la libertad y la democracia. La gran paradoja de que, mientras se reclama el derecho al sufragio en el norte de África y en el mundo árabe, los ciudadanos europeos se den cuenta de que votar no sirve para nada, sorprende menos cuando se constata en Europa la inutilidad de elecciones, gobiernos y Parlamentos para aplicar los principios democráticos aceptando los deseos de la mayoría, porque las entidades financieras y los empresarios controlan a los políticos y a los medios informativos.

En otra paradoja, los socialdemócratas siguen recibiendo el apoyo de millones de ciudadanos, en unas redes de adhesión que, muchas veces, se encuentran en los orígenes familiares y en las tradiciones de la izquierda europea, y en la momentánea incapacidad de la izquierda (sobre todo, de los comunistas) para levantar un bloque opositor. Pero la desafección aumenta y casi la mitad de la población se abstiene en los procesos electorales. El Parlamento ha dejado de ser, en buena parte, el lugar de la discusión y del combate político para convertirse en un escenario teatral, donde la gran mayoría de los diputados está dispuesta a votar leyes antipopulares siempre que se mantengan sus propios privilegios, sus elevados sueldos y dietas, su escaso trabajo.

Sin embargo, aunque hay que exigir el fin de los privilegios de los políticos, no debe equivocarse el contrincante, porque son los grandes empresarios, los banqueros, los financieros y especuladores, los verdaderos responsables de una política criminal que ha supuesto, sólo en España, que trescientas mil familias se hayan quedado sin sus casas en los últimos cuatro años. Como ha hecho en otras ocasiones, ahora la socialdemocracia se prepara para resistir en la oposición, recurriendo de nuevo al más viejo oportunismo político elaborando programas que no aplicaron cuando podían hacerlo, preparando el terreno para volver a los gobiernos, si la población olvida. En Gran Bretaña, después del fiasco de los años de Blair y de la breve etapa de Gordon Brown, Ed Miliband plantea un suave giro hacia la izquierda, al igual que en España Pérez Rubalcaba lanza algunas propuestas levemente progresistas, e incluso se permite criticar a la banca privada y a los paraísos fiscales, sin mayores consecuencias, y pedir que la banca dedique una parte de sus beneficios a la creación de empleo. Todo, para intentar eludir la catástrofe electoral. Es cierto que, en Francia, el Partido Socialista propone para las elecciones presidenciales de 2012 un programa que consiste en la creación de una banca pública, en hacer pagar más a las grandes empresas y grandes fortunas del país, a través de una reforma fiscal, y en un compromiso de creación de empleo sobre todo para los jóvenes. No suena mal, pero la socialdemocracia no ha dudado nunca en presentar programas con un cierto atractivo cuando quiere recuperar el poder… y los ha olvidado en el momento de gobernar.

La socialdemocracia, que no ha tenido que soportar las feroces campañas de descrédito que han acosado a los comunistas, ni ha debido gestionar la demoledora evidencia del colapso de la URSS, está en una situación de crisis abierta. Un reciente artículo del presidente de la Internacional Socialista, George Papandreu, firmado junto con el presidente guineano, Alpha Condé, el presidente iraquí, Jalal Talabani, y el ex presidente chileno Ricardo Lagos, se vanagloriaba del papel actual de la socialdemocracia en países como Ghana (con el gobierno de John Atta Mills), Guinea, o Níger (cuyo presidente, Mahmadou Issoufou, es, a su vez, vicepresidente de la Internacional Socialista). Papandreu (cuyo papel en Grecia se limita a imponer por la fuerza a los trabajadores los programas de austeridad decididos por la Unión Europea y el FMI) y sus compañeros insistían en la necesidad de la socialdemocracia para asegurar el crecimiento y crear puestos de trabajo, así como para definir propuestas que graven las transacciones financieras y para avanzar hacia una economía mundial más justa donde impere la solidaridad con los más desfavorecidos. Pero la realidad es muy distinta.

La socialdemocracia histórica ha muerto, y casi todos sus partidos han experimentado una mutación ideológica, porque sus propuestas conservadoras no son consecuencia de la crisis económica que estalló en 2007, ni de su impotencia actual ante banqueros, empresarios y especuladores: venían de antes. En general, las filas de la Internacional Socialista son hoy un vivero de socialdemócratas derrotados y neoliberales que mantienen un vago discurso “progresista” que apenas se concreta después en los actos de gobierno, y que están muy alejados de las preocupaciones de la gente común. Se han convertido en un sindicato de intereses, en una agrupación clientelista que asegura puestos políticos con magníficos sueldos, negocios e influencias, que coloniza sectores de la administración pública y despilfarra los recursos del Estado: con todas las excepciones de rigor (que cada vez son menos) los socialdemócratas se han transformado en unos perfectos profesionales de la política que buscan su exclusivo interés. Y, ante las evidencias del pillaje capitalista, la socialdemocracia ha quedado reducida a ser el rostro benigno del sistema, una desolada impotencia o un cómplice necesario, un ruin sindicato oportunista que quiere salvar sus privilegios o un círculo partícipe de la sangría. Si la Internacional Socialista recordase sus orígenes, podríamos preguntarle: ¿Tu vida (socialdemócrata) se parece a un fracaso?

* Fuente: El viejo topo, septiembre 2011, edición impresa

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Nota de Idialectica: Como dijo el fallecido economista Paul Sweezy, las condiciones necesarias para que este tipo de reformismo venza sobre el capitalismo neoliberal son prácticamente inalcanzables. Que nos sirvan de ejemplo en America Latina… como diria Maquiavelo, el enemigo se besa o se destruye, no puede haber un punto medio. La solución es el socialismo.

Las Opiniones “Secretas” del Tribunal Supremo de Estados Unidos: ¿El Fin del Debate Sobre el Estatus? Por: Joel Colón-Ríos

Comentario de idialectica: La lección que interpretamos de este escrito, es que la lucha legalista siempre debe estar subordinada a la lucha por la educación, organización y agitación de las masas, y nunca lo inverso. Comentarios son bienvenidos! 

Las Opiniones “Secretas” del Tribunal Supremo de Estados Unidos: ¿El Fin del Debate Sobre el Estatus? Por: Joel Colón-Ríos

Por: Joel Colón-Ríos
Tomado de losexpatriados.blogspot.com
Artículo originalmente publicado en Claridad

El pasado 25 de julio de 2011, el Tribunal Supremo de Estados Unidos emitió un inusual comunicado de prensa que ha pasado desapercibido en la mayoría de los medios noticiosos. En dicho documento, el máximo foro judicial de EEUU anunció la publicación de tres opiniones emitidas entre octubre del 2001 y abril del 2002, cuya divulgación había sido pospuesta indefinidamente luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 por considerarse “potencialmente inflamatorias y de limitada aplicación a controversias futuras”. Uno de esos casos, U.S. v. Rodríguez ____ U.S. ____ (2002), es de particular relevancia para Puerto Rico, y podría tener importantes repercusiones en el actual debate sobre nuestro estatus político (el número de volumen y de página se encuentran en blanco pues aun no está claro si el caso será añadido como suplemento al tomo de los U.S. Reports que le hubiese correspondido en el 2002, pero el mismo ya puede leerse, junto a los otros dos casos, en el portal cibernético del tribunal,http://www.supremecourt.gov/). Los hechos de U.S. v. Rodríguezpueden resumirse de la siguiente manera.

Carlos Rodríguez, nacido en Mayagüez, pero residente en el estado de Arizona, fue acusado criminalmente en California bajo la Sección 2261 (violencia doméstica interestatal) del United States Code. A través de su representación legal, Rodríguez solicitó el traslado del caso a Puerto Rico, alegando que, al identificarse con una “comunidad política fundamentalmente distinta a los demás estados de la unión”, no podía ser juzgado imparcialmente por un jurado californiano. El Tribunal del Distrito Central de California rechazó la solicitud de traslado y Rodríguez recibió un veredicto de culpabilidad. Los abogados de Rodríguez presentaron una solicitud de nuevo juicio basándose principalmente en la ausencia de un juicio imparcial, solicitud que eventualmente fue denegada por el Noveno Circuito de Apelaciones (por razones que este autor desconoce, dicha decisión aún no ha sido publicada).En una opinión mayoritaria escrita por el Juez Kennedy (la mayoría de 6 a 2 estuvo compuesta por los Jueces Kennedy, Stevens, Ginsburg, O’Connor, Souter, y Breyer), el Tribunal Supremo confirmó la decisión del Noveno Circuito, fundamentándose en que Rodríguez no presentó evidencia que demostrara la existencia de un prejuicio en su contra que hiciera imposible un juicio justo e imparcial en el Distrito Central de California. Interesantemente, parte de la opinión mayoritaria consistió en un esfuerzo por determinar si Puerto Rico constituye o no una ‘comunidad política fundamentalmente distinta a los demás estados de la unión’, lo cual, según el Tribunal, supondría que el gobierno de la isla cuenta con poderes adicionales a los de los gobiernos estatales en Estados Unidos.A pesar de que la mayoría del Tribunal estaba consciente de que responder a esa pregunta no era estrictamente necesario para disponer de la controversia ante sí, expresó que el caso brindaba la rara oportunidad de aclarar el estatus constitucional de la isla así como examinar en algún detalle los límites del federalismo estadounidense. La opinión es extensa y en las siguientes líneas me limitaré a resaltar algunas de la expresiones más importantes de la misma (para facilitar la lectura he traducido partes de la opinión al español, pero en aquellos casos en que entiendo que la traducción literal puede crear confusión, he incluido el texto original en inglés en paréntesis).En su análisis, el Tribunal Supremo comenzó señalando que la pregunta de si Puerto Rico es una comunidad política de naturaleza distinta a los demás estados es importante más allá del estatus constitucional de la isla, pues hace necesario reflexionar acerca de si en los Estados Unidos puede constitucionalmente existir un federalismo asimétrico (asymmetric federalism). Es decir, un sistema federal en el cual el gobierno central tiene el poder de relacionarse de maneras especiales con algunas entidades que forman parte de la federación. Para el Juez Kennedy, el federalismo asimétrico es inconsistente con la Constitución de los EEUU, la cual descansa en la idea de la igualdad entre los diversos estados. Sin embargo, el gobierno federal tiene el poder de establecer acuerdos (compacts) con territorios que interesan mantener vínculos estrechos con los Estados Unidos sin formalmente convertirse en parte de la federación. Dichos acuerdos, expresó el Juez Kennedy, son similares a los tratados internacionales gobernados por el Artículo II de la Constitución de EEUU (“akin to an Article II Treaty”).

Según la opinión mayoritaria, la Ley 600 es un ejemplo de esos acuerdos (este aspecto de la decisión, como podrá apreciar el lector, posiblemente revolucionará el debate en cuanto al estatus de la isla). Al refrendar esa ley, “el pueblo de Puerto Rico expresó su voluntad democrática de crear la constitución de un gobierno soberano y al mismo tiempo [énfasis en el original] entró en una asociación voluntaria con los Estados Unidos” (“Under Public Law 600, the people of Puerto Rico expressed their democratic will to draft the constitution of a sovereign government and at the same time entered into a voluntary association with the United States of America”). Bajo dicho acuerdo, continúa la opinión del Tribunal, el pueblo de Puerto Rico delegó permanentemente en el gobierno de los Estados Unidos el poder de legislar para sus ciudadanos, a cambio de la protección de las leyes federales y de la mayoría de las disposiciones de la Constitución de los EEUU. Añadió el Juez Kennedy:

“Si bien dicha delegación de poderes podría considerarse demasiada extensa, incompatible con la idea de ‘gobierno propio’, la misma fue el producto de la libre decisión de un pueblo que en el ejercicio de su soberanía [énfasis suplido], decidió mantener una relación estrecha con el orden jurídico estadounidense. Al igual que los creadores de la Constitución Federal en 1787 (“founding fathers”), quienes decidieron sujetarse a sí mismos y a las futuras generaciones a una ley fundamental de forma permanente, los puertorriqueños determinaron a través de su consentimiento a la Ley 600 someterse a la Ley de Relaciones Federales de 1950, la cual en su Sección 9 le otorga al Congreso de los Estados Unidos el poder de legislar unilateralmente para la isla.”

Para el Tribunal, lejos de verse como un acto de subordinación política, el consentimiento a la Ley 600 debe entenderse como una expresión clara (“pure expression”) del deseo de someterse a un estado de derecho que los padres fundadores del Estado Libre Asociado estimaron justo y conveniente (“deemed just and desirable by the founding fathers of the Commonwealth of Puerto Rico). En una de las partes sin duda más controversiales de la opinión, el Tribunal señaló lo siguiente: “Todo acuerdo bilateral crea obligaciones en ambas partes. Por lo tanto, la Ley 600 viene acompañada de un compromiso implícito pero moralmente vinculante de parte del Congreso de los Estados Unidos” (“an implicit but morally binding committment from the U.S. Congress”). A través de dicho compromiso el Congreso renunció a sus poderes plenarios sobre la isla, comprometiéndose a no adoptar leyes perjudiciales a los puertorriqueños (esta parte de la decisión contiene una discusión extensa del significado de la frase ‘localmente inaplicable’ o ‘not locally applicable’ contenida en la Sección 9 de la Ley de Relaciones Federales de 1950).

Para el Juez Kennedy, ese compromiso constituye un claro límite a los poderes de Estados Unidos sobre la isla, “aunque si bien es un límite de naturaleza política que el Congreso viene obligado a imponerse a sí mismo (tal y como lo ha hecho desde 1952)”. Y en una frase que probablemente cambie para siempre el debate sobre el estatus en la isla, la opinión mayoritaria del máximo Tribunal estadounidense señala: “De este compromiso se desprende una verdad irrefutable: Puerto Rico no está sujeto a la cláusula territorial de la Constitución de EEUU” (“Puerto Rico is no longer subject to the Territorial Clause of the Constitution”). En ese sentido, sentenció el Juez Kennedy, Puerto Rico se encuentra en una situación similar (reminiscent) a la de Nueva York o Massachussets bajo los Artículos de la Confederación: es decir, un estado político libre, pero asociado (“a free, but associated commonwealth”).

Para la mayoría del Tribunal, asumir que Puerto Rico está sujeto a la cláusula territorial constituye un serio error jurídico, pues no sólo supone que la Ley 600 no constituye “un pacto entre soberanos” (“a compact among sovereigns”), sino que implica que los Estados Unidos puede gobernar a ciertos territorios como colonias, lo cual sería inconstitucional de su faz pues contradice el espíritu de libertad (“the spirit of freedom”) que acompaña a la Constitución Federal y que en todo momento guió a los padres fundadores. “Estados Unidos”, expresó con fuerza el Tribunal, “no tiene, ni puede constitucionalmente tener, colonias”. La opinión mayoritaria pasa entonces a describir a Puerto Rico de la siguiente manera:

“[U]n pueblo soberano, no sujeto al Artículo IV [cláusula territorial] y asociado voluntariamente a los Estados Unidos, que en el ejercicio de su derecho a la libre determinación decidió delegar en el Congreso Federal el poder de legislar unilateralmente sobre su territorio. Dicho poder está sujeto a unos límites implícitos que surgen de la naturaleza misma del pacto, límites que cada Congreso se encuentra moralmente obligado a imponerse a sí mismo.”

Llama la atención que el Tribunal Supremo no se refirió directamente a ninguno de los llamados ‘casos insulares’, decididos en la primera parte del siglo pasado (tampoco citó en ningún momento al más reciente caso de Harris v. Rosario, 446 U.S. 651 (1980)), pero no es arriesgado concluir que esos casos fueron revocados en Rodríguez (al menos en cuanto al estatus de Puerto Rico se refiere). No obstante, el Tribunal fue muy cuidadoso al indicar que su determinación técnicamente no modifica la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos, sino que permite entenderla correctamente y aclara de forma definitiva el estatus constitucional de la isla. (“The nature of the powers that the U.S. Congress has over the island remains intact -as it was Puerto Rico who decided to delegate part of its sovereignty to our Federal legislature-, but the bases of the relationship between the two countries has been saved from any unjust charges of colonialism”).

Rodríguez vino acompañado de una opinión concurrente del Juez Breyer (a la que se unió el Juez Souter) y una opinión disidente del Juez Scalia (el Juez Thomas disintió sin opinión escrita, y el Juez Rehnquist no intervino). A continuación reseño brevemente la opinión concurrente, pues la misma podría ser de gran interés para el Partido Popular Democrático, ya que parece tener el potencial de crear importantes coincidencias entre el liderato de ese partido y su llamada ala ‘soberanista’.

El Juez Breyer indicó que el debate en cuanto a si Puerto Rico ha alcanzado un nivel de gobierno propio superior al de los estados de la unión es uno inconsecuente, pues si el acuerdo de 1952 se hubiese llevado a cabo luego de 1960, no existe duda de que el mismo hubiese sido correctamente considerado como un tratado de libre asociación (“free association with an independent State”), consistente con la Resolución 1541(XV) (1960) de las Naciones Unidas.

“Esto significa”, expresó el Juez Breyer, “que bajo el derecho internacional Puerto Rico es al día de hoy un país soberano, tan soberano como, por ejemplo, la República de Palau”. El hecho de que la naturaleza de los poderes delegados en el caso de Puerto Rico sea más amplia que en el caso del ex-territorio del Pacífico es, según la opinión concurrente, jurídicamente irrelevante (“legally meaningless”). No obstante lo anterior, el Juez Breyer reconoció que el hecho de que Puerto Rico decidiese en 1950 delegar extensos poderes al gobierno federal desafortunadamente se ha convertido en una fuente de gran confusión, hasta el punto de que en ocasiones el estatus de la isla ha sido descrito como territorial o colonial.

Sin embargo, indicó el togado, si bien es cierto que desde la perspectiva del derecho doméstico estadounidense Puerto Rico es virtualmente indistinguible (“virtually undistinguishable”) de lo que la doctrina constitucional identifica como un ‘territorio no incorporado’, “nadie debe llamarse a engaño: Puerto Rico es una nación soberana por derecho propio que ha decidido retener ciertos poderes de autogobierno local, y delegar el resto a los Estados Unidos” (“But we should not fool ourselves: Puerto Rico is a sovereign nation in its own right, even though it has freely chosen to retain only certain powers of local self-government and delegate the rest to the United States”).

A pesar de que la opinión concurrente sólo fue suscrita por los Jueces Souter y Breyer, la misma no fue contradicha en ningún momento por la opinión mayoritaria. Por su parte, en una breve pero agresiva opinión disidente, el Juez Scalia señaló que la mayoría se extralimitó (“acted presumptuously”) al expresarse sobre asuntos que no estaban ante su consideración. Respecto a si Estados Unidos tiene el poder constitucional de adquirir colonias y de ejercer poderes plenarios sobre las mismas, el Juez Scalia señaló que aunque esa práctica le parecía abominable, no existía fundamento alguno en la Constitución para sugerir que existe una prohibición al coloniaje, y que el propio texto del Artículo IV sugería lo contrario.

Demás está decir que, independientemente de las disidencias de los Jueces Thomas y Scalia, esta decisión debe ser estudiada cuidadosamente por los juristas y políticos del país. De hecho, en cierta forma, la misma da por concluido el debate en torno a nuestro estatus político. Si bien puede haber algunos que todavía insistan en la estadidad federada o en la independencia, por lo menos todos los puertorriqueños podemos descansar tranquilos en que el Tribunal Supremo del país más poderoso del planeta ha confirmado lo que ya muchos nos habían dicho: ¡Puerto Rico no es colonia!

Por supuesto, el caso de U.S. v. Rodríguez, así como la existencia de tres opiniones secretas del Tribunal Supremo de EEUU, son producto de la imaginación de este autor. Sin embargo, invito al lector a hacerse la siguiente pregunta. ‘Si el Tribunal Supremo de EEUU adoptara los fundamentos expresados en Rodríguez, ¿qué pasaría?’ La respuesta es que, aparte de los gritos triunfales de algunos líderes políticos y la confusión y quejas de otros, ¡no pasaría nada! Es decir, seguiríamos estando exactamente igual de subordinados al Congreso de los EEUU, exactamente igual de obligados a obedecer leyes y reglamentos federales creados por los políticos y burócratas de otro país, es decir, igualmente imposibilitados de gobernarnos a nosotros mismos, que lo que estamos al día de hoy. En el mejor de los casos, los tribunales no pueden hacer otra cosa que describir nuestra relación con Estados Unidos, y en el peor de los casos, justificarla (como sucedió en el caso ficticio de Rodríguez).

Por eso, no vale la pena perder el tiempo tratando de descifrar cuál es la ‘verdadera’ posición de los tribunales de EEUU en cuanto al estatus de Puerto Rico: nuestra situación colonial no depende del lenguaje contenido en opiniones de los tribunales. Quienes se benefician de debatir a profundidad el significado de tal o cual decisión judicial para nuestro estatus político son aquellos que están satisfechos con la colonia y sólo necesitan una teoría jurídica defendible, una re-interpretación legal de nuestro estatus político, para legitimarla. Pero para descolonizar a Puerto Rico, para transformar nuestra relación con los EEUU, es necesaria una acción política concertada que no les corresponde ni a jueces ni juristas.

Independencia: Socialismo o Socialdemocracia

Algunos hemos hecho la observación de que los partidos colonialistas dominantes en Puerto Rico, a pesar de su retórica de antagonismo entre sí, coinciden en su interpretación del rol que debe tener el gobierno hacia la economía; específicamente, respecto al capital. En otras palabras, ambos el PNP y el PPD defienden el sistema capitalista, independientemente de sus peleas respecto al status de la isla. Por otro lado, una observación parecida se puede hacer de una porción significativa de las organizaciones independentistas en Puerto Rico. Por ejemplo, tanto el PIP, el MINH y el natimuerto experimento del MUS, a pesar de los antagonismos entre sí, coinciden en una síntesis socialdemócrata y tienen mínimas o inexistentes diferencias en su interpretación del rol que debe tener el gobierno respecto al capital.

El objetivo máximo del sistema capitalista es la acumulación capitalista. Se produce no para satisfacer las necesidades de la población, sino para expandir el capital infinitamente, maximizando ganancias en el proceso. La síntesis socialdemócrata de estos grupos independentistas es la misma que la del reformismo liberal a través de todo el siglo XX: un Estado democrático, representando los intereses del pueblo, puede enmarcar la dinámica capitalista de tal manera que logre que el objetivo del sistema económico sea la satisfacción de las necesidades de la población en vez de la acumulación capitalista.

El fallecido economista Paul Sweezy, ante la propuesta de reformismo liberal, hizo una serie de planteamientos sumamente interesantes. Para Sweezy, un partido político liberal (o socialdemócrata) al tomar el poder del Estado, debe cumplir con ciertas condiciones para tener la capacidad de lograr su objetivo de regular el capitalismo. Sweezy, partiendo de los procesos o intentos de reforma liberar a través del mundo, enumeró las siguientes condiciones necesarias para el triunfo de la “humanización” del capitalismo: 1) el partido debe mantenerse libre de influencia política de parte del capital en todo momento, 2) debe tomar el poder y eliminar a todos los capitalistas y sus representantes de posiciones críticas del aparato estatal, y 3) debe establecer y ejercer su poder lo suficientemente firme para que el capital reconozca que debe operar en la economía siguiendo las normas que le trace el Estado. Para Sweezy, que un partido logre estas condiciones en la actualidad es prácticamente imposible ya que el capital se encuentra en las posiciones estratégicas; el dinero, la burocracia, las fuerzas armadas, los medios de comunicación, todos son controlados por el capital. Todas estas posiciones estratégicas seguirán utilizadas por el capital para mantener la hegemonía del capital. En otras palabras, el resultado de la política liberal o socialdemócrata no será la regulación o humanización del capitalismo, sino el fracaso de la política liberal o socialdemócrata.

El independentista socialdemócrata probablemente citará el caso del capitalismo “humanizado” en Europa o los “modelos a seguir” del libro de “Soberanías Exitosas” de Collado Schwarz. Dada la actual crisis de la socialdemocracia europea y el proceso de retorno del neoliberalismo a esa parte del mundo, aparentan sustentarse los planteamientos de Sweezy de que la política liberal esta predestinada al fracaso y a la perpetuación de la hegemonía del capital. Sin embargo, aunque no se hubiese desatado la última crisis en la economía mundial, citar las socialdemocracias europeas como modelos para Puerto Rico ignora por completo la importantísima realidad de que la economía mundial no se trata de países más adelantados y países más atrasados; implicando que los atrasados pueden “alcanzar” los adelantados emulando sus modelos. La economía mundial consiste de procesos internacionales de explotación; en donde el capital de los países del centro (el primer mundo) explota los recursos y seres humanos de los países periféricos (el tercer mundo).

Partiendo de los planteamientos de Immanuel Wallerstein, cabe destacar que algunos países de la periferia han logrado convertirse en semi-periféricos, y quizás en este renglón podamos ubicar algunos de la lista de países del libro “Soberanías Exitosas.” Se trata de países que han logrado industrializarse y diversificarse lo suficiente para jugar un rol distinto en la dinámica de explotación a nivel internacional. Continúan subyugados al capital monopolista de los países del centro pero logran algún tipo de poder sobre sus países vecinos que aun son estrictamente periféricos. ¿Este es el destino que aspiran para la futura República de Puerto Rico? ¿Una situación híbrida entre explotado y explotador justificada con mayores indicadores de crecimiento que poco se relacionan al bienestar de la población?

La socialdemocracia no humanizará nuestro sistema económico. Seguirá fundamentalmente destinado a la expansión del capital a nivel local y global y no a mejorar el bienestar de los puertorriqueños. Como plantea el economista Samir Amin, las luchas anti-imperialistas están enredadas en la lucha por un sistema económico distinto, en última instancia, por una perspectiva socialista. En otras palabras, la victoria sobre el imperialismo no llegará con la independencia de Puerto Rico. Tampoco llegará si esa independencia es acompañada de intentos de reformas liberales o socialdemócratas. La victoria sobre el imperialismo solo se dará cuando se comiencen a remplazar los procesos capitalistas por procesos socialistas.

Estos planteamientos probablemente provocan en muchos de los “pragmáticos realistas” lo que el filósofo Slavoj Zizek llama el vulgar cliché anti-comunista que plantea que el fracaso del totalitarismo del siglo XX hace hablar de un retorno al socialismo una farsa. A modo de respuesta a este cliché, Samir Amin trae a colación que el capitalismo antes de establecerse como el sistema dominante a nivel mundial dio varios tropezones antes de encontrar el modo particular que asegurara su triunfo. ¿Por qué no concebir los experimentos socialistas del siglo XX como olas o tropiezos en el camino hacia esa nueva etapa superior de civilización, lejos de la barbarie implícita en la perpetuación del capitalismo? Por eso Amin insiste en que debemos aspirar a la destrucción del capitalismo mediante nuevos procesos socialistas basados en la planificación, la participación ciudadana, y la socialización de la producción y sus procesos administrativos.

Por eso considero (es mi opinión claro está; no quiero molestar a la posmodernidad insinuando que yo pienso que tengo la razón universal) que el independentismo en Puerto Rico no debe partir de la premisa de que el capitalismo no esta en “issue.” ¡El capitalismo es uno de los “issues” fundamentales! En segundo lugar, el independentismo debe desprenderse de la idea de que dentro de la colonia o tras vencer el colonialismo clásico se vencerá el imperialismo económico moderno con una política reformista socialdemócrata. Esa es la verdadera utopía. Y no es de las utopías que nos pondrán a caminar como dice Galeano; sino es de las utopías que nos estancarán en la barbarie capitalista. En el trabajo de agitación, educación y organización popular tienen que estar presentes los planteamientos relacionados a las consecuencias de la acumulación capitalista y la urgencia de crear nuevos procesos socialistas.

Socialismo venezolano: ¿de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba?



Primero quiero mencionar un proyecto empresarial venezolano que ha salido a relucir a través de la controversia de Wikileaks y luego quiero mencionar las leyes orgánicas recién aprobadas en Venezuela. La información de ambos temas la conseguí en venezuelanalysis.com. En ese contexto, luego me gustaría reflexionar un poco sobre el experimento socialista venezolano.


La Arepera Socialista

En la reciente controversia de WikiLeaks salió a relucir un “cable” estadounidense en el que discutían a fondo la Arepera Socialista creada en Caracas. Recientemente en Puerto Rico se están comenzando a vender arepas venezolanas pero para los que aun no sepan lo que son, se trata de una tortilla de maíz bastante gruesa que se come sola o con algún relleno como pollo, carne o queso. Culturalmente, son el equivalente a lo que son para nosotros frituras como las empanadillas o las alcapurrias. A través de la Corporación de Mercados Socialistas (COMERSO) se creo la Arepera Socialista en el Parque Central de Caracas, y los diplomáticos estadounidense que aparentemente la visitaron comunicaban al exterior lo sorprendentemente más eficiente y más barata que era comparada a las demás areperas de la ciudad. COMERSO tiene como objetivo ser canal de comercialización de los productos elaborados por las comunas, las fábricas socialistas y las empresas recuperadas del sector privado. Además, deberá incentivar la propiedad socializada en los medios de distribución (además de los de producción) para colaborar en la transición hacia el socialismo.

Leyes Orgánicas del Poder Popular

Por otro lado, en Venezuela ya se han aprobado cuatro de las cinco “leyes para el poder popular” que tienen como fin transformar las estructuras estatales de planificación y toma de decisiones para involucrar a más organizaciones de base. Las cinco leyes que conforman el bloque son: La Ley Orgánica del Poder Popular, la Ley Orgánica de Planificación Pública, la Ley Orgánica de Comunas, la Ley Orgánica de la Auditoria Social y la Ley Orgánica para el Desarrollo y Promoción de la Economía Comunal.

Me interesa discutir tres de estas: la Ley Orgánica de la Planificación Publica, la Ley Orgánica del Poder Popular y la Ley Orgánica de las Comunas. Las tres ya fueron aprobadas. Entre los objetivos de estas leyes se menciona la descentralización del poder, la propiedad colectiva, la autonomía, y organizar el Consejo de Gobierno Federal como encargado de planificación.

El Consejo Federal de Gobierno fue creado oficialmente a principios de este año y se compone de los ministros, alcaldes, gobernadores, representantes de los consejos comunales y representantes de movimientos sociales. El consejo tiene entre sus tareas coordinar el presupuesto nacional.

Sin embargo, más allá de la reunión a nivel nacional, se ha reunido a nivel local con los consejos comunales para discutir la asignación de fondos y recursos para proyectos específicos que son de un interés colectivo, tales como obras públicas, escuelas y hospitales.


“Para ser capaz de poner fin al estado burgués que todavía tenemos, tenemos que crear condiciones para el desarrollo de un estado comunitario, colectivo, democrático, protagónico y revolucionario. Es decir, para crear un estado que no permite que el poder se concentren en manos de unos pocos privilegiados “, dijo el legislador venezolano Augusto Montiel explicando la necesidad de las leyes.

Según la prensa de la Asamblea Nacional, el bloque de leyes estaba abierto a “una amplia consulta nacional” con la participación del ministro para las comunas, consejos comunales, legisladores y el presidente de Venezuela.

Ley Orgánica del Poder Popular

El legislador Ulises Daal dijo que esta ley, con sus 134 artículos, se refiere a la participación directa de las comunidades en la gestión pública, y que ese concepto fue apoyado por el artículo 5 de la Constitución.

El artículo 7 de la ley establece que uno de los objetivos de la misma es “promover el fortalecimiento de la organización de personas de conformidad con la consolidación de la democracia protagónica revolucionaria … y la creación de formas de auto-gobierno comunales y comunitarios. ”

Las organizaciones productivas de propiedad social (empresas de propiedad obrera, comunitaria o comunal) deben tener prioridad cuando cualquier organización del poder público necesite de bienes, servicios o trabajos realizados, como se indica en el artículo 29 de la ley aprobada.

La Ley define las organizaciones de poder popular como organizaciones que surgen cuando las personas se organizan en función de dónde viven o de su vida cotidiana, formando organizaciones integradas por ciudadanos con intereses y objetivos comunes con el fin de superar las dificultades y promover el bienestar colectivo. Organizaciones autónomas del poder popular son los consejos comunales y las comunas.

Daal, dijo que mientras la gente se organiza a través de estas formas de autogobierno, “Nadie será capaz de quitarle el poder a la gente”.

Ley Orgánica de Planificación Pública

Esta ley incorpora los consejos comunales y las comunas en el sistema de planificación nacional.

“Esta ley tiene como objetivo sentar las bases para la planificación que permita la administración de los recursos de manera eficiente, para lograr entonces una distribución justa de la riqueza”, dijo Daal.

El Sistema Nacional de Planificación Pública esta compuesto por los consejos de planificación publica del  estado, de los municipios, de las comunas, de los consejos comunales y el Consejo Federal de Gobierno.

La ley, según el informe, prevé la participación amplia y de masas en la determinación de objetivos de los planes, su aplicación y revisión futura.

La Ley Orgánica de Comunas

Se compone de 65 artículos relativos a la creación y organización de las comunas en el país, así como la formación del Parlamento Comunal que figuras de la oposición temen que un día desplace a la Nacional Asamblea.

Como se informó en el diario venezolano El Nacional, la Ley Orgánica de Comunas define estas estructuras sociales como “entidades locales formadas por varias comunidades que comparten las mismas características e intereses, con un régimen en el que los medios de producción son propiedad socializada y con un desarrollo endógeno y sostenible del modelo. “

Cada comuna tendrá Carta Fundacional (normas establecidas por la comunidad), un Banco de la Comuna, un Plan de Desarrollo de la Comuna y un Consejo de Planificación de la Comuna. El gobierno local y regional se debe someter al “Poder Popular, operando en la medida en que sea necesario para poner en práctica la voluntad del pueblo expresada a través de las comunas. A nivel nacional, todas las comunas estarán representadas en un parlamento nacional Comunal.

Últimos Comentarios

Tras el fracaso de la Unión Soviética y su modelo de capitalismo de estado o “socialismo desde arriba,”en los movimientos de izquierda ha cogido auge el concepto del “socialismo desde abajo” junto al de la democracia participativa. La llamada Revolución Bolivariana que ocurre en Venezuela choca con esta tendencia. A pesar de que el proceso en Venezuela enfatiza en la democracia participativa, intenta construir el socialismo a través del estado, con leyes y constituciones, desde arriba. Los socialistas “desde abajo”se oponen al proceso bolivariano porque el socialismo que intentan construir en Venezuela no surgirá como el producto de un movimiento de masas organizadas desde abajo, construyendo el poder desde abajo.

Los bolivarianos contrargumentan que la Revolución Bolivariana sí es desde abajo. Primero, la organización y movilización de masas contra el presiente neoliberal Rafael Caldera fue lo que dio paso a la victoria electoral del proyecto político de Chávez. En otras palabras, no fue el proyecto político de Chávez que propicio la organización de las bases, sino que las bases organizadas y movilizadas propiciaron la victoria electoral de Chávez y su proyecto. Además, el proyecto siempre ha hecho hincapié en que las bases sean participativas y protagónicas en el proceso. En otras palabras, los partidarios del socialismo venezolano consideran que no se puede plantear que el proceso en su país es otro intento del socialismo parlamentarista europeo o el socialismo soviético centralizado sino que es algo sumamente distinto.

Las personas que han visitado las comunidades venezolanas o que por lo menos han visto documentales como Inside the Revolution o South of the Border han visto que las comunidades venezolanas y los trabajadores venezolanos son los protagonistas de los cambios en ese país. Nadie puede argumentar que se trata de un proceso en el que la gente sigue las órdenes del gobierno mientras este se encarga de construir su concepción de socialismo. La gente esta organizada, militante, combativa, y participando activamente de la construcción del socialismo en sus empresas y en sus comunidades.

Entonces, ¿el socialismo venezolano se esta construyendo desde arriba o desde abajo? Yo pienso que de ambas maneras. A través de la historia han habido intentos de construirlo genuinamente desde abajo y han habido intentos de construirlo plenamente desde arriba. Todos los intentos han fracasado. Un sector del movimiento socialista venezolano decidió romper con las ortodoxias y combinar ambos métodos. Intentan construir el socialismo a través del estado, con elecciones, leyes y cambios a la constitución harmonizado con la construcción de comunas y gobiernos autónomos comunales (que con las ultimas leyes orgánicas se suben al mismo rango de poder que el ejecutivo y la legislatura), empresas comunitarias o comunales y empresas propiedad de trabajadores. Desde arriba y desde abajo se intenta derrumbar el poder burgués y construir el poder popular.

Yo tengo esperanzas en el proyecto. Les confieso que gran parte de mi desea mudarme tan pronto termine mis estudios a Venezuela para allí ejercer mi profesión y colaborar con el proceso (pero el 1% de nacionalismo que queda en algún rincón de mi ser me lo prohíbe). Reconozco que tiene deficiencias, que ha cometido errores y que probablemente cometa más. Pero, ¿algún proceso revolucionario ha sido perfecto? ¿Algún proceso revolucionario lograra ser perfecto? Reconocer las deficiencias del proceso no me mueve a minimizarlo o descartarlo. Todo lo contrario. Me mueve a solidarizarme más con ese proceso. Seamos internacionalistas y apoyemos a Venezuela en este proceso tan importante en nuestra historia.

La tendencia Revolucionaria y La tendencia Reformista de Juan Antonio Corretjer

Fragmento de La Lucha por la independencia de Puerto Rico de Juan Antonio Corretjer

 

II. La tendencia Revolucionaria

 

En todos los países de la tierra, en todos los tiempos, un proceso más o menos largo engendra ciertas condiciones que desembocan en una revolución. No hay revoluciones importadas: famosa y cierta es la observación: “cada pueblo hará su propia revolución, si es que la quiere; y si no quiere, no habrá revolución.” Es lo cierto que todo pueblo llega al momento en que quiere a su revolución. Y la tiene.

La revolución es, pues, la culminación de un proceso histórico. La tendencia revolucionaria, por ello mismo, va marcando, con su crecimiento, el adelanto de ese proceso.

Puerto Rico es, como lo son todas las naciones americanas, una nación formada bajo la mano del imperialismo. Se diferencian en su formación las nacionalidades americanas de las euro- peas en esto: mientras las europeas se núclean con la aglutinación de los estados feudales, las americanas nacen, rota su continuidad histórica precolombina por el Descubrimiento y Conquista, bajo la mano de imperios europeos: España, Francia, Inglaterra y Portugal.

Dijimos anteriormente que, después de Lares, negar la existencia de una nación puertorriqueña es una imbecilidad. Pero la nación ha comenzado a formarse mucho antes. La explotación de las minas por los Conquistadores a base de la explotación del brazo indígena; la guerra indo-española terminada en la jornada de Yagüecas, la importación de esclavos negros, la repartición de la tierra en hatos realengos a protegidos de la Corona; la permanencia en Puerto Rico de españoles pobres; el mestizaje: estos hechos

produjeron inmediatamente diferencias de intereses y reacciones sicológicas que fueron sin duda alguna factores de diferenciación nacional: la nación comenzaba a formarse.

Tres siglos contemplaron la laboriosa alquimia de la Patria, hasta que los síntomas de integración comenzaran a revelarse de una manera inequívoca. Tres siglos de lucha, de trabajo y de sangre: alzadas de indios, revueltas de esclavos; criollos y trabajado- res españoles que se fugan de las poblaciones y viven, en el abrupto interior, una vida independiente y dura. Amarguras, humillaciones, rencores, venganzas y complejos van formando el terreno en el cual una secreta química de historia va a ir fecundando esperanzas, aspiraciones, decisiones. Es la maravillosa progresiva manifestación morfológica del alma nacional y nuestra. Y a fines del Siglo XVIII ocurre la primera gran floración del alma patria: José Campeche inaugura genialmente el arte pictórico puertorriqueño. Campeche significa la aparición del genio puertorriqueño en su capacidad de aprovecharse del alma puertorriqueña para expresarla en forma artística.

Un hombre de origen humilde—era mulato—expresa inmediatamente otra manifestación de nuestra integración nacional: el Capitán Henríquez. Se ha alzado majestuosamente desde el fondo de la esclavitud. En su alma hay el temple de dos razas transformadas en el alma puertorriqueña; hay la resistencia y la disciplina que engendra el trabajo; el temple que forja el dolor y la voluntad tesonera de las desobediencias y los motines. Es capitán de mar. Es inmensamente rico. De su propiedad es una flota mercante de velas. Henríquez significa la aparición del genio puertorriqueño en su capacidad de aprovecharse creadoramente de las materialidades puertorriqueñas.

Las dos individuaciones inmediatas revelan un avance extraordinario en la voluntad y el discernimiento ideológico de la nación. El hijo de una aristocrática familia en el extremo oriental del país, y el hijo de una familia de trabajadores en su extremo occidental, como si significativamente quisieran abarcar entre sus

cunas el todo nacional en lo social y en lo geográfico, levantan la nación a nuevos y más altos niveles de manifestación. El uno es Antonio Valero de Bernabé. Y Roberto Cofresí el otro.

Con Antonio Valero de Bernabé comienza a injertarse una ideología en el tronco de nuestro embrionario proceso revolucionario. Nuestro desarrollo adquiere su primera conciencia política. Valero es el primer puertorriqueño en pensar claramente en la independencia del país. Si las condiciones generales hubieran tenido ya la maduración de esa individualidad extraordinaria, Valero habría sido nuestro Libertador. El glorioso, sabio, modesto y heroico lugarteniente de Bolívar incorporó a nuestra tradición revolucionaria un elemento característico al movimiento de independencia latinoamericana: su internacionalismo.

Si a Valero la sociedad en que apareció, por haber nacido en sus cumbres, le ofreció todo lo necesario al desarrollo de su extraordinaria personalidad, a Roberto Cofresí lo condenó al patí- bulo y a la ignominia de una leyenda negra de la cual aún no ha sido con justicia rescatado. Pirata, ladrón de los mares, asesino frío y cruel son los distintivos con que los historiadores españoles nos lo pasaron a la posteridad. El pueblo, a su vez, le labró una leyenda dorada de Robin Hood criollo. En una cosa solamente co- incidieron ambas leyendas: en exaltar el coraje indómito y la pericia marinera del caborrojeño.

Lentamente, de debajo de más de un siglo, ha comenzado a surgir su verdad: armado en corso Cofresí navegaba bajo la ban- dera de la República de Puerto Rico Libre. ¡Caso único en la historia: la primera proclamación de una República en pleno mar por la insurgencia solitaria y genial de ese Ulises del alma puertorriqueña!

Tócale a Roberto Cofresí el significativo rol de ser la primera figura histórica en llamarnos la atención sobre el “peligro yanki”. Nadie vio aquella prematura y significativa señal de los tiempos, ya que fue la flotilla yanki del Caribe bajo el mando de Porter, la que capturó a Cofresí y lo entregó a sus verdugos españoles. Los yankis habían puesto su flota al servicio de España para evitar la independencia de Puerto Rico y Cuba.

Cofresí y el Mariscal Valero representan la asunción de la voluntad patriótica al heroísmo, significan la capacidad del genio puertorriqueño para disponer militarmente del espíritu nacional.

Cuando esto ocurre hemos ya promediado el primer cuarto del Siglo XIX. Ese cuarto de siglo ha sido pródigo en manifestaciones de una conciencia puertorriqueña. Quince años antes llegó a nuestras playas un Comisario Regio. Traía la encomienda de la Corona de España de dirigir desde San Juan la campaña imperial contra los Libertadores de Venezuela. Al encopetado personaje se le ocurrió la mala idea de usar las milicias puertorriqueñas como parte de la tropa invasora de nuestra hermana nación. Bastó que corriera el rumor de su proyecto para que en pasquín famoso el pueblo puertorriqueño le hiciera saber que “no sufrirá jamás que se saque a un solo miliciano para llevarlo a pelear contra sus hermanos caraqueños”. Y los ánimos se caldearon de tal modo que el Comisario Regio no solamente hubo de desistir de su proyecto sino que además vióse obligado, para calmar los ánimos, a poner en libertad a tres diputados venezolanos que se hallaban presos en El Morro. El pueblo estaba ya en la resistencia. E igualmente, en 1864, los puertorriqueños resistieron la orden regia movilizándolos para pelear contra Santo Domingo.

Pero, para entonces, ya ha ocurrido un fenómeno culminan- te. El proceso revolucionario no es una simple espontaneidad: tiene su ideología y su dirección. Tiene sus héroes y sus mártires, sus Vizcarrondo y sus Quiñones. Betances ha aparecido, como un gigante, perfilando su figura viril y apostólica en nuestra cordillera moral. Betances es el iluminismo, es el ideario republicano y democrático, es el demoliberalismo. Y aquí, como en la América toda, no se trata del trasplante artificial y violento de una idea extranjera o extranjerizante; es que ha surgido en Puerto Rico un embrión de clase cuyo papel histórico es la subversión del feudalismo, la dirección de la lucha por la independencia: una incipiente burguesía. El país había madurado. La tendencia revolucionaria, surgida de las entrañas más remotas y vírgenes del pueblo, tiene ya su arma más poderosa: su correspondiente ideología. Va a producirse Lares, y, con Lares, la prueba irrefutable de la nacionalidad. El proceso revolucionario había creado la nación.

 

III. La tendencia Reformista

Si la tendencia revolucionaria es la autoctonía, si nos viene desde el primer resplandor de nuestra vida histórica e incorpora lo ajeno únicamente transubstanciándolo, apropiándoselo, asimilándolo, y es por ello la creadora de nuestro ser de pueblo y nuestra conciencia viva y militante, la tendencia reformista es exporta- da a Puerto Rico por dos imperialismos, y por dos imperialismos cuidadosamente estimulada y aprovechada. A través de nuestra historia ese veneno letal contiene nuestras energías, debilita nuestra conciencia, frena el desarrollo de nuestra nacionalidad, nos deforma, nos desnacionaliza. Es el arma más poderosa del imperialismo. El enemigo más peligroso porque es la quinta columna que ha colocado dentro de nuestra cabeza. Es persuasivo: se viste con la apariencia del sentido común. Es degenerante: estimula nuestro apetito de placeres y tienta a los menos sensuales con el paraíso de una vida hogareña de pacata redondez. Proclama la virtud de la cobardía. A la abyección le llama realismo. Usa siempre las palabras más nobles para encubrir las intenciones más perversas. Está ahora en el apogeo de su degeneración y su poderío. No siempre ha sido igual en forma ni siempre ha sido perverso en sus personalidades y expresiones. Su actual degeneración es el producto de un proceso. Pero ayer y hoy ha surtido el mismo efecto: rendir la bandera, debilitar al país, retardar su progreso, servir a los gobernantes extranjeros, evitar el advenimiento de la independencia. Tras un siglo de existencia no tiene otra cosa que esperar sino su definitivo fracaso: pero ha triunfado en lo único que ha podido servir: en posponer la organización de nuestra República, en prolongar el dolor de nuestro coloniaje.

Al revés de la tendencia revolucionaria que ha surgido del fondo de nuestras realidades, de la maraña de nuestros problemas, de los ímpetus de nuestra voluntad, de las luces de nuestro pensamiento, la tendencia reformista viene al país como un derivado de la política de su metrópolis: “hoy yanki, ayer española”.

He aquí el rasgo fundamental de extranjería de la tendencia reformista: en todos los tiempos nuestro claudicante reformista acepta y predica las consignas del imperio. Ese rasgo revela su causa al observarse que la tendencia no se ha formado en nosotros mismos. No ha brotado de nuestras necesidades para las cuales no es cura el reformismo, sino de las necesidades del imperio sojuzgador.

Anotemos ya, para ponernos un punto de partida, la primera manifestación notable de la tendencia reformista. En aquel entonces se llamó asimilismo. Su líder lo fue el Dr. Pedro Gerónimo Goyco. El partido político que organiza se denomina Partido Liberal Reformista. El Punto Primero del Programa declara: “Aceptan ser conveniente que se trate y se resuelvan con criterio liberal, a la luz de los principios proclamados por la revolución de septiembre, sobre todas las reformas de administración pública, eco- nómico-administrativa y social de esta isla; (La Citada “revolución de septiembre” se refiere a la ocurrida en España, no a la de Puerto Rico). El Punto 2do. añade: “Aceptan el principio de asimilación con la Madre Patria; pero asimilación completa, haciendo extensivo a esta Isla en todos sus artículos el Título I de la Constitución de la Monarquía… etc… etc…”

Los reformistas se acomodan en la política española, aceptan las consignas del Gobierno español para mendigar reformas. Renuncian a la nacionalidad para reclamar “la asimilación en política con la Madre Patria; pero asimilación completa…” El impulso organizador, los principios del Programa, no son de origen puertorriqueño: todos se han originado en la Península.

Los incondicionales españoles se oponen. ¿Quién los acalla? ¿La fuerza de los reformistas acaso? No. Los acalla el propio Gobierno Español operando todavía atemorizado por la Revolución de Lares ocurrida dos años antes. El Proyecto de Reformas municipales, presentado aquel año, (1870) por el Ministro de Ultra- mar, Don Segundo Moret, hizo ver claramente a los incondicionales que una oposición sistemática a tales reformas los llevaría al fracaso y la anulación; los llevó a comprender que los mejores intereses del Imperio eran servidos por el reformismo; que la transacción reformista era la mejor manera de apartar al pueblo puertorriqueño del camino de la libertad, la independencia y la justicia.

Y, efectivamente, a través de toda su historia, el reformismo procede así: de las consignas del Imperio. Y así actúa para bien del Imperio y para apartar a Puerto Rico del camino de su libertad, de su independencia y de su justicia. Así, desde el Partido Liberal Reformista de 1870 hasta el Partido Popular Democrático del presente. Y desde Pedro Gerónimo Goyco a Luis Muñoz Marín.

Y he aquí también desde el principio revelado el fondo dramático, la trágica contradicción de que, mientras el Imperio cede reformas bajo la amenaza de los revolucionarios puertorriqueños, la cesión de reformas aparece en la superficie como una victoria del reformismo, allegando a esta enfermiza y nefasta tendencia prestigio en las masas, y comenzando, desde entonces, a producirse ese espejismo de sus ideales que ha hecho correr a nuestro pueblo, engañado y traicionado, largo camino de innecesario coloniaje, de dolor humano, de despotismo extranjero y frustración nacional.

 

Luis Muñoz Marín de Pablo Neruda

LUIS MUÑOZ MARÍN
Hay un gordo gusano en estas aguas
en estas tierras un rapaz gusano;
se comió la bandera de la isla
izando la bandera de sus amos,
se nutrió de la sangre prisionera,
de los pobres patriotas enterrados.
En la corona de maíz de América
creció la gusanera del gusano
prosperando a la sombra del dinero,
sangriento de martirios y soldados,
inaugurando falsos monumentos,
haciendo de la patria que heredaron
sus padres, un terrón esclavizado,
de la isla transparente como estrella
una pequeña tumba para esclavos,
y convivió este verme con poetas
por sus propios destierros derribados
repartió estímulo a sus profesores
pagando a pitagóricos peruanos
para que propagaran su gobierno,
y su Palacio era por fuera blanco
y adentro era infernal como Chicago
con el bigote, el corazón, las garras
de aquel traidor, de Luis Muñoz Gusano,
Muñoz Marín para la concurrencia,
Judas del territorio desangrado,
gobernador del yugo de la patria,
sobornador de sus pobres hermanos,
bilingüe traductor de los verdugos,
chofer del whisky norteamericano.